VIVIR ES EL ARTE DE ATRAVESAR ESPERANZAS. -R.M.J.

lunes 15 de octubre de 2007

Presentación

El pájaro de los sueños hablando con la Luna
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GALERÍA DE LAS LETRAS

Ensamble de palabras, textos infinitos,
almas que palpitan, sentimientos con voz. -R.M.J.


La Mano que Tapa la Luz


Adrián, un niño rubio de dimensiones breves, que combinaba sus ojitos vivarachos con una nariz respingona y una boca de suave sonrisa, mantenía una cálida amistad con Bomo, un chiquillo nigeriano de permanente piel en sombra. Ambos compartían colegio, curso y amor por el fútbol. Los dos jugaban en el equipo infantil del barrio; él sudaba en la defensa, y Bomo, en la delantera cumplía con su destino de goleador. Y a raíz de esa pasión futbolera, uno y otro estaban viviendo días de excitación; el próximo domingo el padre de Adrián los llevaría a ver al Real Madrid. Desbordados por el entusiasmo los chicos se aliaron con la calculadora, y juntos restaban las horas que les haría aterrizar en el fin de semana.

Esa noche, la ilusión se deslizó entre las sábanas de su descanso, y Adrián se durmió acunado en la pureza de un sueño. Y soñó con un estadio repleto de gente animada, que formando un coro de miles de gargantas gritaban su nombre y el nombre de Bomo. Ellos integraban la formación del Real Madrid.

Pero como todo llega a su fin, la noche también se terminó, y el sol, bebiéndose las tinieblas, puso la luminosidad al servicio de la mañana y poco a poco entró en la habitación. Allí ya se encontraba su madre poblando de prisas el lento despertar. Del aseo personal Adrián pasó al desayuno, y tras un beso a la abuela cayó finalmente en el camino del "cole".

Con la espalda llena de mochila y su manita pegada a la mano de la madre, decidido caminaba al encuentro del saber. La calle hervía de movimiento. En una esquina divisaron la figura de Bomo. El niño, soltándose de la mano materna corrió en busca del amigo.

¡En ese momento el coche-bomba explotó!

¡El cemento vibró al ritmo del estruendo! ¡Una nube de polvo y humo subió a los cielos, al tiempo que bajaba una estrepitosa lluvia de cristales rotos! ¡Los rostros y las miradas se bañaron con el ácido del terror! ¡La gente, atónita y extraviada, huyó a refugiarse en los brazos de la ciudad conmovida! Cuándo la humareda abrió el puño, la imagen de la tragedia hizo acto de presencia; hubo mucho heridos pero sólo dos muertos.

¡Adrián y Bomo, terminaban de ausentarse para siempre de la vida!

¡Sin merecerlo habían caído en el sangriento manotazo de la fiebre asesina! Parecía increíble. Tantos siglos de civilización y aún se mataba por matar, porque ciertos hombres insistían en permanecer en las cavernas. El terrorismo continuaba siendo, ¡la mano que tapa la luz!



Eso sí, la bomba no fue racista; al negro y al blanco mató por igual.

Ricardo Muñoz José.
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Este relato se publicó en la Colección Solidaridad. -Publicaciones Acumán.
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R. M. J, también es autor del cuento titulado "Mujer" que aparece a continuación, y de los textos "La huella de un perro sin dueño", "Regalo de Navidad", "Perico, un burro inteligente" y "El perro de Montagis", que se pueden leer en:

Mujer


El día se anunciaba, y los tres amigos, con el entusiasmo en el cuerpo y las armas al hombro, salieron al campo a cazar.
Atravesaron el pasaje de la jornada entre risas, tiros y alguna liebre abatida. Mas, cuando la tarde fenecía y la fatiga les dio la orden del regreso, el cielo abrió sus compuertas y comenzó a llover. En un tris, la tierra se vio fuertemente sacudida por una tormenta de agua y viento.
A los cazadores, la densa cortina líquida les impedía ver el camino. El diluviar arreciaba y el viento los estremecía. Era com si la naturaleza los castigara por haber matado a sus criatura. Pronto se perdieron. Y pronto las piezas conseguidas volaron sin ruta fija, y minutos después las armas fueron a hacerles compañía.
Y llegó la noche llevándose la escasa claridad. Los tres iban a la deriva, ateridos, rotos por el agotamiento y el hambre; invadidos por una creciente ola de desasosiego. Ni una casa, ni un árbol; sólo lluvia y barro, barro y lluvia, y la oscuridad agazapada detrás de la oscuridad. No obstante, el instinto de conservación les exigía continuar y ellos marchaban cual autómatas, yendo de un lado a otro, mano con mano, empujados por la desesperación y el miedo; ora chapaleando en los charcos, ora cayendo de bruces en el lodo. Las gotas eran cada vez más gruesas, más pesadas, más demoledoras, y ellos allí, atrapados entre la noche y la tormenta; a merced de un incierto ambular. La lluvia insistía en su caída, y el viento silbaba su inquietante canción.
Al amanecer, con los huesos flaqueando y la voluntad hundida, divisaron un edificio anclado en medio de la nada. Aplastando barro y pajonales pusieron sus pasos rumbo a la salvación. Allí habría fuego, ropa seca y comida caliente. Al llegar descubrieron una mansión rodeada de altos muros. De la mansión no se desprendía ninguna señal de vida. Su soledad rezumaba abandono.
-Debemos entrar. Al menos allí podremos guarecernos.
El alto muro mostrábase intratable.
De pronto, tropezaron con una botella de cristal recostada contra la pared. Uno de ellos la recogió y vio que contenía humo azul. La destapó y el humo, al mezclarse con la atmósfera, devino en un genio. Un genio atlético, moreno y de ojos claros.
-Me habéis liberado -dijo-, y os compensaré haciendo realidad un deseo a cada uno.
-A mí -aceptó inmediatamente el primero-, dadme fuerzas para subir por este muro.
El genio le arrojó un puñado de humo azul, y al instante el hombre aunando esfuerzas escaló el muro y se dejó caer en el patio de la mansión.
-Como soy el más viejo y estoy reventado -pidió el segundo-, será mejor que me bajes el muro.
El genio soltó otro puñado de humo, y el muro se redujo a mitad de su altura. Entonces, y luego de una breve pero resbaladiza escalada, de un salto también cayó en el patio.
El genio miró al tercero y le preguntó:
-¿Y tú qué quieres?
-A mí hazme mujer.
En el acto lo hizo mujer, y la mujer entró por la puerta... Y de paso se llevó al genio para aligerar el peso del cansancio.


Ricardo Muñoz José.
Además, R.M.J. es autor del relato "La mano quie tapa la luz" (que aparece aquí mismo), y de "La huella de un perro sin dueño", "Regalo de Navidad", "Perico, un burro inteligente" y "El perro de Montargis", que hallarás en:

martes 2 de octubre de 2007

Lucha de clases


Para los fanáticos del fútbol, aquí va este partido de clases.

Por un lado, un equipo con jugadores-empresarios de millones de dólares, con un director técnico militar, y cientos de economistas calculando las ganancias de cada partido y de la publicidad de cervezas que aparece en sus camisetas.
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Por el otro, un equipo de campesinos, obreros y estudiantes, dirigidos por los amigos del barrio, y apoyados por los compañeros de la fabrica y cientos de hinchas marginados del sistema.
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El duelo lleva siglos de juego, se meten goles y algunos son verdaderas joyas (depende del ángulo del que se mire, por supuesto). El estadio está que arde, tanto arde que ya casi acabamos con el agua, y el humo reina en la cancha con sus lenguas grises. El pasto es el único vegetal que sobrevive, porque es de plástico. Las gargantas rugen alentando al cuadro proleta que representa a la mayoría del globo, y que es la única esperanza de supervivencia, con este juego que resuelve los conflictos de la especie humana.
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Otra interpretación del partido puede ser el que se ve desde el prisma norte-sur, o, el del primer y tercer mundo, pues da para mucho más ¿no?
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PESCADOR - Oakland, California, EE.UU.
http://pescador72.blogspot.com/
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Las obras de Pescador también pueden verse en Linde5-Galería de Arte, y en la ilustración del cuento titulado "La lección" que aparece en Linde5-otro enfoque (Contra el abandono y el maltrato animal)
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Por favor, hacer clic encima de la pintura para ampliar y ver mejor los detalles.

lunes 1 de octubre de 2007

Seis lunas que se van


Las decisiones grandes traen angustias grandes. Aquí estoy, seis meses después de subir a un avión rumbo a Estados Unidos, evaluando futuros posibles con un microscopio.
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Un “neoterm” ocupa ahora mi vocabulario…. No se si la palabra “neoterm” sea original, tengo serias dudas porque creo haberlo leído en el libro “1984”. De todas maneras, el término que vino a ampliar mi vocabulario es “Exilio Económico”.
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Esta frase se aplica a aquellos de nosotros que dejamos nuestros países por una persecución económica. Es decir, Teníamos talento, capacidades y ganas, pero un salario nos secuestraba la voluntad de seguir adelante profesionalmente.
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Por eso escapé de lo que más amaba…
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Vine por dinero y no lo he conseguido. Me gustaría regresar, pero soy terco. Me quedo un poco más hasta ver que pasa. La soledad es inmensa. Llegué en primavera, sufrí el verano calcinante y aunque los vientos fríos de estos últimos días presagian un otoño favorable, yo sigo aquí con cara de invierno.
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¿Me encontrará el otoño del año entrante todavía en el exilio económico?
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Pinté una casa y me pagaron mal. Actué como extra en una telenovela mexicana y conocí la gloria fugaz. Empaqué flores durante un mes en una nevera más grande que un club deportivo y entendí lo que siente un tallo de apio en la gaveta de las verduras. Recibí huéspedes en un restaurante de Disney World y supe de Mickey Mouses sin cabeza que fumaban a escondidas de los niños. Entré de vendedor a un canal de televisión regional y los bolsillos se me llenaron de polillas. Ahora, estoy en un periódico hispano y… (Este espacio queda para ser llenado en el futuro en consideración a mis actuales empleadores).
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Me faltan por lo menos cinco kilos de peso. La sonrisa que nunca fue mi arma más usada, ahora ya ni aparece por las esquinas de mi boca. La familia me duele profundamente aquí en el pecho.
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Busco hace tiempo una respuesta…
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Existirá algo llamado sueño americano o será solo el movimiento involuntario de los párpados que se cierran sobre el cansancio.
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Spanglish Nostálgico


Existe un tipo de inmigrante que nunca dejó su país, su cuerpo físico está en los Estados Unidos, pero su corazón sigue en su tierra. Sin importar su estatus legal, este tipo de inmigrante lleva una bandera y una añoranza dentro de sí. No importa si los años cubrieron de polvo el recuerdo. No importa si su conversación se entremezcla en un Spanglish disparatado. Ni siquiera importa que regresar sea más difícil que permanecer. Este inmigrante todavía recuerda una mañana pintada con los colores de sus primeros años. Sus costumbres huelen a cocina tradicional y saben a frutas imposibles. Los tonos de su oído resuenan en otra escala musical. Las calles de su piel todavía las recorren amores lejanos. Uno que otro pájaro migratorio llega al puerto de su mente en una algarabía que suena a libertad. La sangre de este inmigrante alcanza la temperatura justa del licor de su primera juventud y los primeros regaños quizás tengan la voz de una tía que no ve hace décadas.

Este inmigrante hace fila detrás de usted en el “supermarket”, conduce junto usted a través del “toll”, incluso, ve las mismas películas que a usted le gustan en el “cinema”.

Si por casualidad, su mirada de nostalgia se cruza con la suya esta semana, sonríale sin temor, tómese un par de segundos y con mucho cariño dígale con sus ojos: “ya lo sé, hermano, yo también me siento así”.
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CARLOS EDUARDO VÁSQUEZ - Colombia
http://escritoscotidianos.blogspot.com/
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Carlos Eduardo Vásquez, es también autor de los relatos: "Un libro sobre mí mismo", que aparece en esta misma galería, y de "El preso, la prisa y la prosa", que puede leerse en, Linde5-otro enfoque (Contra el abandono y el maltrato animal).

viernes 27 de julio de 2007

Fernando, el perro que venció al olvido

Esta historia comenzó al despuntar la década del 50, un día que el recuerdo no ha registrado. En Resistencia, capital de la provincia del Chaco, apareció un forastero con una guitarra al hombro, y un perrito blanco que no se despegaba de su lado. El hombre entró a una humilde pensión, y con voz serena preguntó si ahí se podían hospedar él y su perro. El dueño, tras mirarlo de reojo, le respondió:
-Si vos no cantás y el perro no ladra, pueden.
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Jornadas después, el artista ambulante del cansancio pasó al descanso eterno. El propietario de la pensión se quedó frío con un cadáver aún caliente. La Municipalidad dio sepultura al cantor desconocido. En tanto, el dueño y algún vecino, compasión en ristre, resolvieron quedarse con el perro. Vano intento. El perrito no se sometía a nadie y al instante tomó la ciudad como su casa.
Poco a poco aquel valiente cuzquito de espíritu callejero, se fue adueñando del cariño de la gente. Sus andanzas y alegría calaron hondo, pues entregó su amistad a los niños y su compañía a los ancianos. Pero seguía siendo libre. De todos obtenía buen trato, y respeto por la libertad que demandaba.
Mas, un aciago día, al perrito blanco lo atropelló un automóvil, y lo dejó a orillas de la muerte. Los niños quedaron estupefactos y doloridos. Ellos sabían que el perro necesitaba un doctor, y sólo conocían a Pipo Reggiardo (un médico que en la Plaza Belgrano, a veces jugaba un ratito a la pelota con ellos). Se lo llevaron. El doctor Reggiardo lo auxilió con presteza, y, al tratarse de un animal sin dueño, lo "internó" en su consultorio adentro de una caja de cartón. La entrega del médico y el preciso tratamiento, en pocos semanas consiguieron la total recuperación.
El animalito volvió a la calle enarbolando su natural propensión a la amistad. Así, el simpático vagabundo, fue dejando tras de sí una estela de modestia, agradecimiento y saber estar.
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Sin embargo, no es posible interpretar la historia de este perrito, sin conocer a su amigo del alma: el cantante Fernando Ortiz.
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(Fragmentos de una larga entrevista concedida por el cantor unos años antes de su fallecimiento)
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-Lo conocí en el 51 en el Bar Los Bancos, junto a la plaza. Era un perrito blanco, chiquito, y tenía más o menos un año. Cuando lo vi lo comparé con un capullo de algodón. No lo llamé, pero él vino directamente a echarse a mis pies. Los mozos me preguntaron si molestaba. Les respondí que no. Se quedó a mi lado, y cuando salí me siguió hasta el Hotel Colón, donde yo vivía. A la mañana siguiente lo encontré debajo de mi cama. Como hacía calor y no cerraba la puerta, seguramente entró mientras dormía. Entonces lo bañé, le di de comer, y comenzó la amistad.
-En el hotel, al principio, yo disimulaba su presencia. Hasta que Coco Lucas, el dueño, lo descubrió. Coco, conmovido por mi mirada y la mirada del perrito, en vez de echarlo le hizo colocar una cucha para que pudiera descansar.
-Yo actuaba en Los Bancos con una orquesta, y cuando actuábamos, el perro se iba a echar detrás del piano. No se separaba de mí. A la salida, siempre me ladraba de manera especial. Yo sabía que era su forma de invitarme a la Plaza San Martín, donde cumplía una especie de rito: perseguir a los gatos. No los agredía. Jugaba corriéndolos.
-En una oportunidad hubo una reunión de artistas. El perro se sentó junto a mí en la punta de la mesa. Los muchachos decidieron ponerle mi nombre. Él respondió bien al nombre de Fernando y jugó con todos ellos. En la amistad era como los humanos. A mí me parecía un ser humano vestido de perro.
-A Fernando le gustaban mucho los picantes y el azúcar, y eso no podía ser bueno para un perro. Como era blanco se ensuciaba mucho, y en cualquier casa lo bañaban. Hasta tres o cuatro veces por semana. Y eso tampoco podía ser bueno para un perro.
-Una noche que hacía mucho frío se me ocurrió darle grappa con azúcar. Al principio no le gustó, pero al rato, empezó a pedir más. Cuando nos fuimos, le costó bajar de la silla, y caminaba de costado, borracho.
-De vez en cuando visitábamos a un gran amigo; el pintor René Brusseau. Fernando se hizo muy amigo de René. Otro de sus amigos fue el escultor, Víctor Marchese. Con Juan de Dios Mena, iba al Fogón de los Arrieros. En el Fogón, lo aceptaron y lo hicieron socio de la institución. Allí destacó como crítico musical. Su mayor virtud era su oído. Como nadie captaba la belleza de los sonidos.
-Para él lo fundamental era la noche. Recorría el Bar Sorocabana, el Bar Los Bancos y el Club Social. Y si oía música se acercaba. La música le encantaba. Pero si no le gustaba algún artista se iba. Y la gente lo seguía.
-No se perdía ninguna fiesta. En los conciertos se colaba y se iba a echar cerca de la orquesta, o del solista. Cuando meneaba la cola aprobaba la actuación, pero ante las pifias gruñía, y a veces aullaba. Él nunca fallaba. Y los músicos admitían haber metido la pata en el punto indicado por el perro. Era un crítico riguroso. Y ninguno se atrevía a pedir que lo pusieran de patitas en la calle, porque la gente se fiaba de su oído.
-Recuerdo que el maestro, Hermes Peresini, eximio violinista, sabía ponerlo a prueba. Tocaba un fragmento de la Czardas, de Monti, y en algún momento colocaba mal alguna nota. Fernando respondía dando un salto y se ponía a gruñir, mientras el maestro se reía. El perro tenía un oído musical muy desarrollado. Quizás esa fue la herencia que le dejó el artista que lo trajo a Resistencia.
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Como perro que era, Fernando se ceñía a su código de costumbres: pernoctaba en la recepción del Hotel Colón (en ocasiones en El Viejo Rincón), a primera hora de la mañana entraba con los empleados al Banco de la Nación, y se dirigía al despacho del gerente, donde éste le hacía servir el desayuno: café con leche y medialunas. Después iba a visitar la peluquería de al lado del Bar Japonés. A continuación, dormía un rato en el Sorocabana sin que nadie lo molestara. Almorzaba en El Madrileño (junto al Sorocabana). En casa del doctor Reggiardo hacía la siesta (un ladrido y un arañazo a la puerta era la contraseña para entrar). Y tras la siesta cruzaba a la Plaza 25 de Mayo, a divertirse hostigando a los gatos. Al atardecer corría al Bar La Estrella, a merendar lo que le daban los dueños y la clientela.
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En La Estrella, le ocurrió un desagradable episodio cierta vez que un "chistoso", pasado de vinos, le pegó una patada. A su aullido de dolor replicó, Alberto Rulli (cantor y dibujante), increpando fieramente al agresor. Y atrás de Rulli, llegó Deolindo Bittel (el que fuera dos veces gobernador de la provincia), a quien hubo que frenar para que no la emprendiera a golpes. La trifulca se saldó con la expulsión del tipejo, y con Fernando comiendo maníes bajo una mesa.
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No obstante, fue en el Bar Japonés vivió su más dura experiencia. Fernando habíase enamorado de una perrita del vecindario. Un día copularon quedándose abotonados en la puerta del bar. Los presentes los espantaban, y, al no conseguir que se desengancharan, alguien les arrojó agua hirviendo, que Fernando recibió de lleno en el lomo, en tanto otro le asestó una cuchillada en un costado.
Envuelto en sangre lo transportaron al Club Social, donde el doctor Reggiardo lo atendió de urgencia. Después, fue alojado en el Club Progreso. Lo cuidaron con dedicación y ternura. Cual respuesta a la cruel agresión, el amor de la gente hacia su perrito salió a la superficie: a toda hora niños y mayores se aproximaron al club, ansiosos de conocer la evolución curativa del animal. De este modo quedó bien claro, que tenía muchos amigos pero ningún dueño.
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Fernando volvió a callejear por la ciudad. No hubo evento artístico o social que no contara con su asistencia. Todo le atraía: fiestas, tertulias, conciertos, espectáculos, bailes populares, y él, sirviéndose de su don para hacerse querer, recalaba en cualquier reunión.
Con su presencia alegró bodas y cumpleaños, y fue motivo de orgullo para aquellos que lo recibían en sus casas.
En los velorios pasaba otro tanto; si asistía era un honor, pero si no aparecía derivaba en desdoro para el fallecido y sus familiares.
En las exposiciones pictóricas, los organizadores temblaban al verlo entrar. Si Fernando recorría la sala y luego se echaba en un rincón, todos contentos. Mas, si se marchaba, el pintor ya podía descolgar sus cuadros.

ALGUNAS DE LAS ANÉCDOTAS QUE LO LLEVARON AL BRONCE

En 1954 (y en un momento de alarma social, pues habíanse producido muertes de niños por mordeduras de perros), la vacuna antirrábica llegó al Chaco. Se estableció la obligatoriedad de vacunar a todos los canes. En la Municipalidad se llevó a cabo el cometido, y a la Municipalidad acudió Fernando sin que nadie lo llevara. Por propia voluntad dejó que el doctor Andreu lo inmunizara. Tal actitud, impropia en un animal, obtuvo su justo premio: le concedieron la patente número uno, y lo nombraron "Primer perro civilizado de Resistencia".
Sin embargo, la patente número uno ni el título de "Perro civilizado", lo libraron de un aciago incidente. Una mañana, los hombres de la perrera lo cazaron, y medio dormido lo introdujeron en la jaula del camión. Mas, la providencial intervención de Tatalo Dominguez (campeón chaqueño y argentino de boxeo) y de Moisés Zaín (promotor de espectáculos artísticos y deportivos) trastocó las cosas, porque además de reprender a los perreros, instaron a otras personas a unirse a la protesta. Se armó un alboroto. Hasta que una mano anónima abrió la puerta de la jaula. Entre los aplausos y las risas de la gente, Fernando, como un balazo se metió en el Sorocabana seguido por el resto de perros capturados.

En el Bar La Estrella, una noche de invierno oíase una audición de tangos, que el bullicio y la humareda no invitaban a escuchar. O al menos eso pensó uno de los dueños del bar, ya que apagó la radio. Al instante retumbaron los ladridos de Fernando. Se hizo un breve silencio. Conectaron nuevamente el receptor. El perro se calló y se tumbó junto al mostrador a deleitarse con la música.

Una mañana muy temprano, la Plaza 25 de Mayo tembló con los ladridos de Fernando. Los taxistas que estaban en la parada acudieron a ver qué ocurría, y encontraron un señor mayor tirado en el suelo. Uno de los taxistas, hábil en primeros auxilios, le practicó ejercicios de reanimación. Luego, en uno de los taxis llevaron al anciano al Hospital Perrando. A Fernando le impidieron el paso, mas él quedó merodeando. Los taxistas regresaron contentos; el señor, que había sufrido un infarto, se salvó.

Aún se recuerda su "colaboración" con el Coro Polifónico de Resistencia (galardonado dos veces en certámenes internacionales en Italia: Arezzo-1968, y Pescara-1974). Ocurrió en el Teatro Sep. Iba a dar comienzo la función y Fernando subió al escenario. Miró uno a uno a los cantantes, y luego de agitar la cola ante la mítica directora, Yolanda de Elizondo, fue a tenderse al lado de la candileja. La señora de Elizondo captó el mensaje de anuencia e inició la actuación.

Durante una representación teatral, y en el momento que la protagonista era acosada por un hombre-lobo, Fernando entró en escena y lamió la cara de la actriz, Delma Ricci, tal si le dijera:
-No tengás miedo, aquí estoy.
En ese punto concluyó la obra. El perrito conoció el aplauso.

Cuenta el periodista y escritor chaqueño, Mempo Giardinelli:

-El 57 o el 58, visitó Resistencia un famosísimo pianista polaco apellidado, Pederewsky, y ofreció un único concierto en el Teatro Sep, y por supuesto mis padres me llevaron. La sala estaba repleta, y Fernando se acomodó bajo el piano de cola (los organizadores siempre explicaban a los músicos visitantes de la ineludible presencia del cuzquito). Y a la vista de cientos de personas, se diría que Pederewsky y Fernando comenzaron el concierto. Nunca alvidaré la impresión de aquel público, cuando en medio de una sonata de Beethoven, Fernando se puso de pie alzando las orejas y soltó un gruñido. Pareció que el mundo se detenía, pero Pederewsky, todo un profesional, siguió como si nada. Hacia el final nuevamente el perrito sacudió las orejas y miró fijo al pianista, como diciéndole:
-Oiga, la está pifiando.
Entonces, Pederewsky, con europea elegancia,detuvo las manos, miró al perrito y le dijo en duro castellano:
-Tiene razón, equivoqué dos veces.
Hizo un da capo y repitió la sonata, que le sal perfecta. El concierto acabó con una ovación, un par de bis, y el discreto mutis de Fernando.

(A la siguiente anécdota, mucho tiempo se la consideró otra versión de la anterior. Hasta que, Miguel Devoto -un marxista que en aquellos años se atrevía a decirlo-, lo aclaró pues él fue testigo presencial)

Un afamado violinista europeo, en tournée por el noreste del país, se presentó en el Teatro Sep. Fernando asentó su alba figura entre la primera fila y el escenario. El concertista tocaba con dulzura, y el perro, como buen melómano, disfrutaba con la música. De pronto abrió los ojos, levantó las orejas y lanzó un aullido. El músico había errado unas notas y el animal lo percibió. El hombre, contrariado, interrumpió la actuación, abandonó el escenario, y entre bambalinas exigió la inmediata evacuación del perro. La respuesta, muy a la chaqueña, fue tajante:
-Fernando sabe lo que hace -le dijo uno de los responsables.
-Así que, tocás bien o el que se va sos vos -agregó otro.

Agonizaba la década del 50, y a fin de inaugurar unas obras visitó Resistencia el presidente del país, general Aramburu (militar golpista). En el Club Social se organizó un acto. Comparecieron el presidente y las autoridades provinciales. Aramburu ocupó la cabecera de la mesa, y a su derecha se sentó el gobernador. De repente, sobre el alfombrado apareció Fernando. Su irrupción provocó estupor, murmullos y risas. Entonces, ante la confusa mirada de Aramburu y su séquito, el gobernador se puso de pie, y tal si presentara un embajador en el Vaticano, dijo en voz alta:
-Señor presidente, el perro Fernando.
Fernando miró a todos y se retiró. Él no comulgaba con el poder.

René Brusseau (prestigioso artista plástico) y Fernando, establecieron una agradable relación de amistad. Muchas veces el perro le hacía compañía en su estudio mientras él pintaba. Mas, una tarde del año 1956, Fernando salió a la calle poseído de una repentina urgencia. Sus ladridos y movimientos extrañaron a la gente. Comprendiendo que algo pasaba, varias personas entraron al estudio, y encontraron tirado en el suelo el cuerpo sin vida del pintor. Su mano izquierda aún sujetaba la paleta.
Se ignora cómo, pero Fernando supo que René iba a ser velado en el Fogón de los Arrieros. Cuando el vehículo fúnebre llegó con el cuerpo, el perro estaba esperando. Pasó la noche junto al ataúd del amigo. Al otro día acompañó el cortejo. Tras el entierro, todos abandonaron el cementerio. Pero, Fernando no; él se quedó un rato más.

Los perros abrazan una vida breve, y Fernando no podía escapar a ese designio. La mañana del 28 de Mayo de 1963, Chacho Escalante (taxista amigo de artistas y bohemios), el que tantas veces lo llevó a los bailes donde actuaba, Fernando Ortiz, lo halló agonizando delante del Banco Español. A las pocas horas Fernando se marchaba de la vida, dejando su ejemplo de soledad y amistad. Al conocer su muerte, Resistencia se hundió en la tristeza. El amado perrito se había ido, aflorando en los pechos la más tiernas palpitaciones.
Su funeral detuvo la ciudad. El pueblo, enternecido, lloraba su pérdida. Lo sepultaron en la puerta del Fogón de los Arrieros (institución de la que era socio de honor). Fue una ceremonia solemne. Una compacta multitud cubrió la calle, para darle un sentido adiós al perrito más querido. Algunos comercios bajaron sus persianas. Las viviendas vestían crespones en sus frentes. La Banda Municipal ejecutó una marcha fúnebre. Las campanas de la Catedral tocaron a muerto. Los poetas desgranaron versos por él. Los artistas, compungidos, se encerraron en el silencio. Después, la vida continuó. Fernando ya formaba parte de la historia de Resistencia.

En su tumba, la gente del Fogón de los Arrieros puso una escultura y una placa recordatoria con esta leyenda:
"A Fernando, un perrito blanco que errando por las calles de la ciudad despertó en infinidad de corazones un hermoso sentimiento".
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A su vez, el escultor, Víctor Marchese, lo inmortalizó en una estatua de bronce (instalada en una esquina de la Casa de Gobierno). Al acto de inauguración acudió el gobernador de la provincia.
Transcurrido un tiempo, Víctor Marchese explicó porqué la escultura está situada de espalda a la Casa de Gobierno:
-Fernando era un libertario. Nunca se sometió a ningún poder. Por eso nadie lo vio entrar a una iglesia ni a ninguna comisaría. Estar de espalda al poder refleja su verdadero espíritu.
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Al derivar en bronce, la BBC de Londres homenajeó a Fernando, emitiendo una crónica del periodista Arturo Barea.
Se publicó un libro: "Fernando, un perro de verdad", de Hugo Ditaranto, traducido al italiano, griego y ruso.
El notable cantaautor, Alberto Cortés, en su canción Callejero, lo hizo poesía y lo hizo música:
Era un callejero con el sol a cuestas,
fiel a su destino y a su parecer.
Sin tener horario para hacer la siesta
ni rendirle cuentas al amanecer.
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También su historia se paseó en una pieza de títeres, por salas de Resistencia y escuelas de la provincia.

Ahora se habla de llevar su vida al cine.

En el diario La Capital, de Rosario, Mario Candioti escribió un artículo titulado, El perro que se convirtió en el mito de un pueblo: La historia de Fernando, el inolvidable perro que se transformó en personaje popular, no puede dejar de ser contada. El 28 de Mayo de 1963 dio su último salto, su último ladrido, pero la ciudad lo evoca y lo nombra, al punto de conmemorar cada aniversario de su desaparición. Y a la distancia, es inevitable el recuerdo de Fernando Ortiz:

-Cuando murió vinieron a mi casa a avisarme. Yo no quise asistir. Era un golpe demasiado grande para mí. Lo lloré mucho. Hasta los gatos de la Plaza San Martín, que Fernando acostumbraba perseguir, ese día lloraron por él. Esa noche, con la calle ya desierta, fui a su tumba a explicarle mi ausencia. Volví a llorar. Creo que Fernando lloró conmigo. Está enterrado frente al Fogón de los Arrieros. Pienso que él también habría escogido ese sitio para descansar.

En Resistencia (llamada "ciudad de las esculturas", por las casi quinientas esparcidas por sus calles, avenidas, plazas y parques), el perro Fernando posee dos estatuas esculpidas con la fuerza del amor: la de su sepultura en la vereda del Fogón de los Arrieros, y la más significativa delante de la Casa de Gobierno. En las dos, cada 28 de Mayo, aparecen ofrendas florales depositadas por manos anónimas.

Hoy, al viajero que nos visita, un gran cartel en la vía de acceso lo saluda con estas palabras:
Bienvenido a Resistencia, la ciudad del perro Fernando

Es el reconocimiento de todo un pueblo, a aquel perrito vagabundo que vivió con nosotros en los años 50 y comienzo de los 60, y que a todos supo robarnos el corazón.
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R.M.J.
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TA CO NA TA


Tenía nombre japonés pero nadie sabía por qué. Era bajita y menuda y permanentemente vestía de negro. Pero lo que la hacía distinta de otros pobres de la ciudad era su dinamismo. Ta co na ta no pedía en una esquina o en la puerta de una iglesia, no; ella pedía o recibía dinero sin pedirlo pero sin dejar nunca de andar; porque nunca paraba quieta. La podías ver caminando a buen paso por cualquiera de las calles más frecuentadas, desde los cantones al puerto; siempre en marcha, siempre como si tuviera prisa, como si algo se le escapara; desde la mañana hasta la noche.


Pero lo que realmente la hacía peculiar y conocida entre la chiquillería, que alegremente la perseguía y se mofaba de ella, era el hecho de caminar eternamente con una mano delante de la boca que no retiraba ni para hablar y que a cualquier pregunta que se le hiciera contestaba invariablemente con aquella misma frase que la hizo famosa: “Nunca chejamos” (*)

- Ta co na ta, ¿de dónde vienes?

- Nunca chejamos.

Y las historias que de ella se contaban decían que efectivamente había perdido algo. Contaba esa leyenda que había sido una joven de buena familia despierta y bella, y que había tenido un novio que la idolatraba, pero pobre. Este novio marchó a hacer las américas en busca de una dote con que llevarla al altar. Y que una vez lograda aquella riqueza ansiada embarcó en un frágil navío tristemente naufragado frente a la Costa da Morte en una noche tormentosa y aciaga; y que ni aquel novio ni la fortuna soñada llegaron jamás a puerto.

- Ta co na ta, ¿dónde vas?

- Nunca chejamos.

Cuando murió se encontró debajo de su colchón una arrugada fotografía de aquel novio desaparecido y una bolsa de basura con más de diez millones de las antiguas pesetas. Enterrada en el cementerio de Catabois, sobre el frío mármol de la losa que cierra su tumba, y si separas la maleza que hoy en día la cubre, aun puedes leer aquellas palabras que tantas veces ella repitió en vida y que aquí, en el cementerio, alcanzaron por fin todo su profético sentido: “Nunca chejamos”.

(*) “Nunca llegamos” en castellano.


THIAGO - Madrid, España.
http://elblogquethiago.blogspot.com/
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Thiago, también es autor del relato "Mis dos perras" que puede leerse en, Linde5-otro enfoque (Contra el abandono y el maltrato animal).