jueves, 10 de marzo de 2011

Ausencias

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1
Obedeciendo a una nostalgia que era casi una costumbre, Fabián extrajo con cuidado el papel, ya amarillento, doblado en cuatro. Era la última esquela de Juliana, escrita cinco años atrás: "Fabianzuelo: qué bien lo pasamos ayer. No quiero pedirle más recompensas a la vida. Así ya está bien. ¿Para qué más? Creo que nunca antes me había sentido tan a gusto contigo y conmigo, con tu cuerpo y con mi cuerpo. Ahora tengo que irme, qué lástima, pero será apenas por una semana. Ya te estoy echando de menos, ya quisiera tenerte. Y que me tuvieras. Ojalá que nos dure esta necesidad del otro. Y nada más. No te mando besos de papel, porque no pueden competir con los verdaderos. Sólo de evocarlos, me estremezco. Hasta el sábado. Juliana".
Con el papel aún desdoblado en la mano, Fabián miró por la ventanilla. El autobús atravesaba una campiña levemente ondulada, con trigales a ambos lados de la carretera. Pero él miraba sin ver. Fabianzuelo. Fabi-anzuelo. Así le había puesto ella porque, decía, la había pescado y bien pescado, y por fortuna no la soltaba. Tenía razón: aquella jornada había sido como un milagro. Nunca había imaginado tanta compenetración, tanta angustiosa felicidad. Angustiosa porque él siempre había intuido que sería a término. Ojalá que nos dure, había escrito ella. Pero no duró. Juliana se había esfumado. Él la buscó, al principio con desconcierto, después con desesperación, luego con paciencia, con rigor, siempre con tristeza. Sabía que también la familia la había buscado con tenacidad, pero habían sido tiempos duros para cualquier búsqueda. Todos ignoraban, y los que acaso sabían, no vacilaban en mentir. Mentían que ignoraban, pero nunca ignoraban que mentían. Para Fabián, la imagen de Juliana ocupaba todo su aforo de añoranzas. Una añoranza que él sentía en su boca, en sus ojos, en sus manos, en sus piernas, en su sexo. Juliana no era la ausente sino la Ausencia
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2
¿Cuánto hacía que Fabián Alvez no pisaba los adoquines de San Jorge? Tenía la impresión de que no sólo sus pies sino también sus zapatos, echaban de menos el asfalto de la Capital. Sin embargo, aquella tranquilidad casi abusiva le venía bien. Como si sólo ahora se enterara de que durante años había sentido nostalgia de esta calma. Las calles arboladas eran un marco adecuado para el paso cansino de la gente. Hasta los pájaros aportaban su ritmo de verano. Iban de árbol en árbol, sin armar alboroto, planeando con las alas inertes, o volaban con una alternancia perezosa, como si fueran pájaros de sueño. Pero no eran de sueño. Sólo que no estaban pendientes de las alarmas y los semáforos de la metrópoli. Las casas y las casitas eran modestas pero recién pintadas de un blanco sin brillo: un fondo mas o menos adecuado para las ventanas y persianas verdes. Eran las siete de la tarde y entre los árboles asomaba el río.
La pensión Brescia aún sobrevivía. Pobre, decorosa y limpia. Le dieron una habitación amplia. Había una cama con barrotes de bronce bien pulidos, una mesa de pino nudoso, dos sillas y un ropero con las hojas algo desencontradas y los estantes con un pasado de polillas. Depositó la valija sobre la mesa pero ni siquiera la abrió. Se quitó el saco, el cinturón y los zapatos y se tendió en la cama, que chirrió, quejosa. En el techo había una mancha oscura, una suerte de círculo con flecos. Se puso los lentes para ver de qué color era el esperpento. La mancha era marrón. Mirándola, mirándola (se divirtió pensando: Pico della Mirandola), se quedó dormido.
Durante todo este tiempo de malquerida soledad, soñar con Juliana había sido un premio para él. Raras veces lo había merecido. Pero esta vez soñó con ella. La divisó desde lejos. Estaba sentada en un banco de la plaza, no en San Jorge sino en Cabañas. Tenía una blusa roja y una pollera clara. Ella lo saludó alzando un brazo y él decidió acercarse. Pero a medida que avanzaba, el banco se iba alejando. Y Juliana con el banco. Al principio el sol le daba en la cara, pero, gracias a aquel desplazamiento, Juliana y el banco fueron entrando en la zona de sombra. Fabián tuvo que correr para alcanzarlos, y cuando al fin estuvo junto a ella, le tendió una mano y pudo librarla de aquella alienación. Esto mas que un tiovivo parece un tiobobo, dijo él y ella sonrió. Le pasó un brazo por la cintura, todavía sin besarla, y le preguntó cuándo pensaba volver. Ella sonrió, cautivada y cautivarte, pero en el preciso instante en que iba a hablar, él despertó.
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3
A la mañana siguiente, después del desayuno (café con leche, tostadas y mermelada de durazno), salió a reconocer, casi a recuperar el pueblo. En las acacias y paraísos de la plaza se notaba el tiempo transcurrido. Como si hubieran entrado en la tercera edad. El frente de la iglesia estaba descascarado, pero aun así infundía respeto. Cuatro a cinco chicos movían una pelota, se la pasaban con precoz elegancia y con la visible convicción de que les esperaba un futuro de estrellas.
Fabián cruzó la plaza en diagonal y tomó por la calle Dragones. Sabía lo que buscaba. Frente al número 12-A se detuvo. Nunca se había explicado el agregado de la A, pues no había ningún 12 a secas. Una de las persianas estaba cerrada; la otra no. Por la acera de enfrente pasaron dos parejas y un señor con bastón. Todos lo miraron con la curiosidad que suele provocar un rostro anónimo. Por fin decidió empuñar el pesado llamador de bronce y los golpes sonaron en la calle de domingo como dos martillazos. Las verdes persianas del 25 y el 28-A (tampoco había un 28 a secas) movieron sus pestañas. Por fin, después de un rato, la puerta se abrió. Apareció una muchacha, bien parecida, con una túnica blanca. Al principio lo miró con reprobación, luego sonrió. Él dijo buenos días y preguntó si allí vivía o había vivido Juliana Risso. "Si, pero hace mucho". "Sos su hermana?" "Si". "Carmela?" "Sí, y vos quién sos?" "Fabián". "Ah, el novio". "Al menos eso fui en un tiempo, antes de que Juliana se esfumara". Carmela pareció vacilar. Le dedicó una nueva mirada de evaluación. "Querés pasar?" "Si no molesto".
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4
El patio interior era acogedor y luminoso. Una pared, casi totalmente cubierta por una enredadera invasora y compacta, atenuaba la sensación de bochorno. Con un gesto, la muchacha le sugirió que se quitara el saco y él obedeció. Ella quedó a la espera y él preguntó si tenía alguna noticia de Juliana. "Ninguna. Hace cinco años que dejó de escribirme, nunca más supe de ella. Ahora ya no lloro, pero lloré mucho. No solo era mi hermana, también era mi amiga, mi compañera, mi confidente". "Y a qué atribuís ese silencio?" "A que la desaparecieron como a tantos. Acaso no sabés que la democracia no llegó a los cementerios? Sólo los vencedores tienen tumbas". "Y tus padres?". "Ellos no lucharon y por tanto no fueron vencedores, pero al menos tienen tumbas. El viejo murió hace tres años. Mamá el año pasado". "Vivís sola?". "No, vivo con mi tío y con mi hermano, pero solo vienen los fines de semana. Los dos trabajan en el campo". "Y no has pensado en irte a Montevideo?". "Qué voy a hacer allá?. Además, no puedo irme yo también, como Juliana, y dejarlos a ellos, que son lo único que me queda". Por un momento Fabián se quedó sin tema, pero ella preguntó: "Y vos?. Por qué nunca viniste por acá?". "Es demasiado largo de contar, y tampoco estoy muy seguro de que quiera contarlo". Ella echó su cabeza hacia atrás, como si la hubieran agredido. Fabián trató de tender un puente mínimo, todavía frágil: "Querés que te invite a almorzar? Si mal no recuerdo, había en la plaza una fonda donde se comía bien". Carmela se tomó un minuto para considerar la oferta. "No, mejor no".
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5
A las once de la mañana el sol picaba. Con el saco en el brazo, Fabián se fue acercando al río. Cuando por fin llegó, se tendió en el césped, entre dos pinos todavía vigorosos. Este río, que casi no corría, tenía sin embargo su hechizo. Tal vez porque había aspirado a ser un lago y no lo era. Sólo se lo veía moverse en la orilla, donde de vez en cuando venía a lamer la escasa arena.
La relación con Juliana se había consolidado en Montevideo, pero en las pocas veces que venían a San Jorge, les gustaba compartir sus silencios con el silencio del río. Allí no se besaban, ni siquiera se abrazaban. Tan sólo se miraban, pero eran miradas que sobrellevaban una hondura que no tenía cabida en la ciudad grande. Sólo les sucedía eso junto al río. Los trepidares, las frenadas y bocinas de la carretera se burlaban un poco de esa calma antigua, pero estaban demasiado lejos como para desvirtuarla. Ahora Fabián, callado por la nostalgia, registraba la ausencia de aquel silencio contiguo, de aquella mirada que penetraba en la suya y viceversa.
Durante los tres años que precedieron al mutis de Juliana, no había habido espacio ni pretextos para la infidelidad. La historia de sus sentimientos había estado como empotrada en la congoja social de esos años y los había limpiado de cualquier frivolidad a la hora de pensar en sí mismos. Después de todo, pensaba Fabián, la asunción de la tristeza no es tan negativa como parece. Hay una alegría extraña en saber que aún podemos estar tristes. Significa, entre otras cosas, que no estamos perdidos. A veces, recordaba Fabián, nuestro abrazo tan estrecho incluía desolación, no por nosotros sino por los otros. Y hasta el orgasmo podía convertirse, increíblemente, en una estación de duelo. Por suerte, lo mejorcito de la pena siempre arrastra consigo algo de amor.
Mientras tanto el río, obstinado en no fluir, en exhibirse casi inmóvil, era una versión nueva de aquel viejo silencio. Fabián se sintió en paz, pero una paz dolorosa, pródiga en enigmas, desprolija. Se miró las manos con un poco de lástima y otro poco de condescendencia. Le amargaba y a la vez le asombraba que las suyas fueran manos que no tocaban, no palpaban, no acariciaban. Manos solitarias, abandonadas, viudas.
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6
Con el paso de un otoño apacible, la habitación de la pensión Brescia fue adquiriendo intimidad. Ahora la mesa tenía libros, una libreta de apuntes, en la pared un afiche con árboles y una estatua de espaldas. La clientela de la pensión era gente de paso: por lo común, viajantes de comercio, que apenas se quedaban una noche, o sea que en el desayuno sólo había espacio para un ronco buenos días y un chau indiferente.
Por la mañana iba a la plaza a leer. Las palomas, más blancas que en otras partes, y que al principio alborotaban en su fuga ritual, ahora ya lo aceptaban como una presencia familiar. Alguna que otra tarde iba a lo de Carmela. No los sábados ni los domingos. No se sentía con ánimo de enfrentar el presumible interrogatorio del tío y el hermano.
Cada vez se sentía mejor con la muchacha. También ella se sentía cómoda, acompañada. Al principio hablaban casi exclusivamente de Juliana. Los recuerdos de Fabián y los de Carmela se complementaban y la imagen de la ausente iba adquiriendo forma. Carmela sostenía que su hermana siempre había tenido para ella una zona de misterio. La menor se abría ante Juliana como una mera táctica para estimular su confidencia, pero la otra no cedía a la provocación. Hablaba de muchas cosas (interesantes, reveladoras) pero no de sí misma.
Fabián sabía más (no mucho más) de Juliana, pero ya que ésta había callado, informar a Carmela de una peripecia o un rasgo adicionales, a él le parecía una minúscula pero evidente traición.
"Yo sé que vos sabés más cosas", decía Carmela, "pero comprendo que las guardes. Me imagino que serán algo así como las claves de tu relación con ella. O no?". Fabián no lo negaba. Sólo sonreía, paciente y amigable. La simpatía de la muchacha era como una versión primaria, casi un borrador, del encanto imborrable de Juliana, pero también había tonos de voz, gestos durante el silencio, miradas insondables, que traían el recuerdo de la imagen en falta. Carmela era discreta. No indagaba. Simplemente, absorbía lo poco que contaba Fabián, y siempre hallaba en ese informe algún detalle inédito que incorporaba a su registro.
Llegó un día, sin embargo, en que la evocación de Juliana alcanzó su límite y los testimonios de una y otro empezaron a repetirse. Entonces entraron, sin ponerse de acuerdo, a dos territorios sin censura: la infancia de Carmela y la infancia de Fabián. Para ambos fue un alivio desenfundar la memoria sin entrelíneas ni cortapisas. Jugaron a recuperar imágenes o episodios determinantes. Hechos o palabras que abrieron un rumbo o clausuraron otro.
Carmela narró lo de Facundo, un niño, hijo de campesinos, que fue llevado por sus padres a la escuela rural, la misma en la que ella estaba terminando primaria. La maestra (sólo recordaba que se llamaba María Eusebia) la llamó y le dijo: "Aquí disponemos de pocos elementos, somos pobres, tenemos que ayudarnos. Vos sos (durante las clases habría dicho: Tú eres) la mejor de la clase. Sabes leer y escribir perfectamente. Facundo, no. Así que desde mañana, cuando terminen las clases, te quedarás una hora más y le vas a enseñando. Ya lo hablé con tus padres y están conformes". Cuando Carmela emergió del asombro inicial, la idea le empezó a gustar. Facundo era analfabeto y no muy avispado. En realidad, no siguió ningún método, ni clásico, ni improvisado, pero el chico fue aprendiendo con una facilidad pasmosa. En pocos meses adquirió lo fundamental. Al comienzo, escribía con unas letras de imprenta, cuadradas y torpes, todas mayúsculas, pero de a poco se fue arriesgando y empezó a usar una caligrafía más fluida, todavía primaria, pero diferenciando mayúsculas y minúsculas. Años después, Carmela se enteró que Facundo había alfabetizado a sus padres, como una forma de agradecerle a Carmela lo que había hecho por él. A ella, más que el aprendizaje directo de Facundo, la marcó esa continuidad, esa inesperada constancia de que su trabajo (que para ella, apenas una niña de sólo once años, había sido un sacrificio asumido con entusiasmo y rigor) no había concluido en el niño analfabeto sino que se había proyectado, no sólo hacia el futuro (Facundo terminó siendo maestro) sino hacia el pasado, o sea sus padres.
"Frente a tu relato tan conmovedor", dijo Fabián, "mi propia infancia se me desmenuza. Fijate que tu recuerdo es una instancia positiva: creaste y habilitaste a otro a seguir creando. Me parece maravilloso. Ojalá yo tuviera un recuerdo así. Pero no. Mi recuerdo determinante es oscuro. Mis padres eran bastante pobres y vivíamos en un barrio muy humilde. Nuestra vivienda, al igual que las otras, era algo así como un ranchito, techado con viejas chapas de zinc. En una de esas casuchas vivía una señora, viuda, de unos sesenta años (para la escala de mis doce años, era una anciana), que, en pleitos sucesivos con algunos parientes de su marido, había perdido un no muy abundante legado que él había intentado dejarle. Vivía de una pensión exigua, con la que cubría a duras penas sus necesidades mínimas. No tenía amigos en Montevideo y era lo bastante orgullosa como para no pedir auxilio a unos sobrinos que vivían en Fray Bentos. Conmigo era cariñosa, decía que yo tenía un "cierto parecido" con 'el difunto'. Yo no sabía si agradecer o no esa semejanza. Lo cierto es que a menudo me llamaba para que le hiciera algún recado. Ni ella ni nosotros teníamos teléfono, así que, como nuestras viviendas eran casi contiguas, se asomaba a la puerta y hacía sonar una campana. Nunca le acepté propinas, ya que aun en esa edad me parecía que la propina entre pobres, no sólo era humillante, como siempre lo es, sino además ridícula. Su propina bienvenida era el afecto. Conversaba conmigo, me preguntaba sobre el colegio, me narraba anécdotas, siempre entretenidas, de cuando ella y su compañero habían vivido en México. Me sentía a gusto, también yo le había tomado afecto. Una vez pasaron cuatro o cinco días sin que sonara la campana y decidí ir a verla, pensando que acaso estaba enferma y precisaba algo. Golpeé en la puerta pero no vino a abrirme. Se habría ido sin avisarle a nadie? Me acerqué a la única ventana y miré al interior. Lo que entonces vi me estremeció. Mi vieja amiga se había ahorcado. No me preguntes cómo lo había logrado, pero ahí estaba colgando su esmirriado cuerpo. Salí corriendo y llorando a contárselo a mis padres, pero no quise ir con ellos a ver de nuevo a mi primera muerta. Luego han llegado otras, pero nunca olvidaré ese primer dolor, esa noción primaria de nuestra fragilidad, de cómo en el abandono puede ir cobrando fuerzas la tentación de la muerte".
Cuando acabó su relato, Fabián miró a Carmela y vio que lloraba. Se le acercó y la abrazó con una ternura tan intensa que para él mismo resultó una novedad. Ella sólo dijo: "No te preocupes. Después de todo, como vos dijiste el otro día, hay cierta alegría en saber que aún podemos estar tristes".
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Al fin pudo llevarla a la fonda de la plaza. El dueño era un napolitano que se especializaba en ñoquis. En realidad, más que su plato especial, era, de lunes a viernes, su plato único, ya que sus otras ofertas, milanesas y spaghetti, sólo se incorporaban al menú los fines de semana. De modo que, como era jueves, pidieron obligatoriamente ñoquis. Que por cierto estaban muy sabrosos. También pidieron el tinto de la casa, y cuando se les ocurrió brindar, ambos dijeron simultáneamente: "Por nosotros". Carmela enrojeció y era un rubor de culpa. Fabián movió su mano sobre el papel blanco que cubría la mesa hasta alcanzar la mano de Carmela. "Qué te pasa?", preguntó sonriendo, "acaso no querés que nos vaya bien?". "Sí, claro", balbuceó Carmela, y optó por dedicarse a los ñoquis.
Después hablaron de San Jorge y su vida cotidiana. Era un pueblo quieto, con escaso movimiento, "tranquilo hasta la exasperación" opinaba Carmela. Según el último censo: ocho mil habitantes, con claro predominio de gente mayor y familias poco numerosas. Modesto centro de una zona rural, no eran muchos los jóvenes que se quedaban a trabajar en el campo. La mayoría huía hacia la capital, a seguir una carrera o en busca de un trabajo mejor remunerado. Buena parte de esa migración no lograba sus objetivos y se encogía en dos niveles de fracaso: los que deambulaban de changa en changa, a cuál más miserable, y los que volvían , resignados y mustios, al duro trajín de la tierra. A cien metros de la plaza Constitución (un nombre que le quedaba grande) estaba el modesto Club Social, donde los sábados de noche se daba cine y cada tanto actuaba algún cantante folclórico. No obstante, el entretenimiento primordial era, como en todas partes, la televisión, y las antenas compartían con la ropa tendida el territorio de las azoteas. Ello contribuía a que aquel conglomerado de jubilados civiles y algunos retirados militares se enclaustrara en las salitas o en los dormitorios para ponerse al día con el acaecer del mundo ancho y ajeno y sobre todo para agitar el cóctel de sus sentimientos con el culebrón brasileño de turno.
Carmela tenía pocas relaciones en el pueblo. Casi todas sus compañeras de colegio se habían ido a Montevideo y ya ni siquiera venían a pasar las vacaciones en San Jorge. A veces se encontraba en la carnicería o en el supermercadito local con algunas de las mujeres, casi todas mayores, con las que intercambiaba saludos, sonrisas y comentarios intrascendentes que parecían fotocopias de los de la víspera y de todas las vísperas. Las más osadas llegaban a preguntar si había tenido noticias de su hermana y ella respondía lo de siempre. Y había una sola, con aire de bruja, que insistía con la misma pregunta: "De veras no tenés novio?". Y agregaba: "Es raro, porque vos sos mucho más linda que tu hermana, la que se fue". Carmela apretaba los dientes y no decía nada.
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8
Cuatro o cinco días después, en una tarde de a ratos lluviosa, al comparecer una vez más en el 12-A, Fabián encontró una Carmela sombría, con los ojos llorosos, como si de pronto hubieran caído en su juventud cinco años más.
Ante la interrogante muda de Fabián, sólo dijo: "No te preocupes".
"Pasa algo?"
"No. No pasa nada. Sólo que soy tonta y a veces me deprimo sin motivo. Querés que te sea franca? No sé por qué estuve llorando. Quizá se deba a esta llovizna que todo lo vuelve gris. Cuando no hay sol, me viene un desconsuelo".
Justamente el mal tiempo impidió que se quedaran en el patio. Carmela dijo: "Vamos a la cocina, así te hago café". Luego, mientras ella vigilaba la cafetera, de espaldas a Fabián, éste la vio tan frágil, tan indefensa, tan invadida por un miedo inútil, que él también se sintió frágil, pero sobre todo conmovido. Sin pensarlo dos veces, se acercó a la muchacha y la abrazó desde atrás. sin embargo, el abrazo no fue tan estrecho como para que ella no pudiera volverse y enfrentarlo.
El empezó besando sus ojos, que otra vez tenían lágrimas, y cuando llegó a la boca, todavía de labios cerrados, sintió que algo pasaba en él. Y en ella, que de a poco y como a pesar suyo, fue entreabriendo los labios hasta recibir el beso con ansiedad y tristeza. El tuvo suficiente presencia de ánimo como para estirar un brazo y apagar la cafetera, que empezaba a desbordarse, pero con el otro empezó a aflojar los botones de aquella túnica blanca, siempre impoluta, que era como un uniforme de Carmela. Lo dejó hacer, como resignada, pero cuando él terminó por quitarle la túnica, ella cruzó sus brazos sobre el pecho y repitió varias veces: "No sé, no sé, no sé".
"Sí que sabés", dijo él y acabó de desnudarla. Entonces ella lo abrazó, pero aún no como respuesta amorosa sino más bien para ocultar, ante Fabián y ante sí misma, su desnudez. El la tomó en brazos (era tan liviana) y la llevó hacia el interior de la casa. Dedujo que en algún sitio habría una cama, pero tuvo que hallarla por sí mismo. Ella estaba demasiado ocupada con sus escrúpulos como para servir de guía.
Cuando por fin él estuvo, también sin ropa, tendido a su lado, ella pronunció un alerta honesto, un necesario aviso a la población: "Soy virgen". Fabián se limitó a susurrar en su oído: "La virginidad no es un estado saludable, lo sabías?" A ella le causó gracia aquella salida extemporánea, sonrió como para sí misma y sólo entonces terminó aflojándose, disfrutando las caricias y acariciando.
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9
Fabián y Carmela se sentían a gusto en su nueva conjunción. Sin embargo, había una contradicción que compartían. Una contradicción llamada Juliana. Por un lado la añoraban y por otro eran conscientes de que su casi imposible regreso complicaría su relación naciente. Pero cómo abrir o cerrar la puerta del futuro? En cada opción había ventajas y desventajas.
"Soy feliz contigo, pero a veces no me soporto", confesaba Carmela. Fabián sabía el porqué pero de todos modos preguntaba. "Pienso en Juliana", decía ella. "Juliana no está, Juliana se fue y no está", decía él sin demasiada convicción. Tenía sus motivos para esa incertidumbre: cuando hacía el amor con Carmela, pensaba en Juliana; cuando abrazaba el cuerpo tan joven de Carmela, añoraba el cuerpo más maduro de Juliana. Y Carmela era conciente de esa sustitución. Paradójicamente, el consecuente sinsabor se convertía para ella en un incentivo, en un nuevo grado de excitación erótica.
En los fines de semana, cuando el tío y el hermano de Carmela volvían del campo, Fabián no hacía sonar el llamador de bronce del 12-A. Se quedaba a trabajar en la pensión Brescia. En uno de esos domingos de rutina familiar, Carmela había informado, como al pasar y sin darle mayor importancia, de la presencia de Fabián en San Jorge. "Por problemas de trabajo", agregó precavida. Los hombres no hicieron ningún comentario. Bien le constaba a Carmela que nunca habían visto a Fabián con simpatía. Siempre habían atribuido a su influencia el hecho de que Juliana se comprometiera en una militancia absurda, misteriosa, y en consecuencia le hacían responsable, directo o indirecto, de su inexplicable desaparición.
En la pensión, la habitación de Fabián había ido adquiriendo un aspecto más o menos hogareño y tanto la dueña como el personal de servicio le otorgaban un trato familiar. El aprovechaba los fines de semana sin Carmela, para escribir los artículos que enviaba a un diario montevideano, cuya ideología no compartía y que le pagaba miserablemente, pero al menos le permitía sobrevivir. El horno no estaba para bollos. Es cierto que ya no había censura oficial y confesa, como en los doce años de dictadura, pero seguía existiendo la extraoficial e inconfesa que ejercían los responsables de cada periódico, señores que se curaban en salud.
Teniendo en cuenta su pasado mediato y algo tenebroso, Fabián se limitaba a comentarios literarios, reseñas de libros y enfoques lo suficientemente medidos como para que nadie requiriera su ficha y su historial. Aún sobrevivían impugnadores vocacionales para quienes Kafka, Svevo o Baudelaire podían ser corruptos de las nuevas hornadas, y también nuevas hornadas "posmodernistas", creadoras de un nuevo género, la crítica con odio, que lo ignoraban todo acerca de Henry Miller, puede que algo pornógrafo pero con genio, y en cambio eran fanáticos alabanceros de Bukowsky y Lyotard, a quienes tampoco habían leído.
Fabián sabía que no podía quedarse mucho tiempo en San Jorge sin viajar a Montevideo y pasar por la redacción del diario, a fin de que al menos el responsable de Cultura fuera consciente de su presencia autoral y no lo tratara como a un fantasma de segunda. Por otra parte, la única manera de cobrar sus magras regalías era comparecer en la apelotonada administración, no sin antes lograr el visto bueno y el sello cuadrado y violeta estampado por el jefe de Redacción.
De manera que el martes se apersonó en el 12-A y le comunicó a Carmela que debía irse a Montevideo por tres o cuatro semanas. Motivo (o quizá pretexto, rumió instantáneamente Carmela): su trabajo en el diario. Luego, en la cama, se esfumó la desconfianza y Carmela se sintió más mujer que nunca. Así, acariciando y penetrando a Carmela-Juliana, y sintiéndose acogido con un amor fresco, regocijado y no obstante suspicaz, Fabián pensó que quizá no fuera preciso que se quedara tanto tiempo en la capital.
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10
Encontró a Montevideo soleada y concurrida. Las ciudades con sol suelen ser acogedoras. Quizá por eso en el diario lo trataron mejor que de costumbre. Un tal Ferreiro, que era el nuevo responsable de Cultura, se mostró tan entusiasmado con sus artículos que resolvió aumentarle el estipendio.
De pronto Fabián se fijó más detenidamente en el aspecto del nuevo jefe, lo imaginó con diez kilos menos y ante la revelación le dijo en voz baja: "Pero decime un poco, vos no eras Vélez?". Y el otro, no menos cauteloso: "Sí, era. Durante tres años, por cierto bastante moviditos. Pero en realidad nací Ferreiro. Tampoco vos eras Fabián, mi querido Medardo". Rieron con sordina y luego bajaron al café.
Solo allí Ferreiro se decidió a preguntar: "Y de Melba supiste algo?". Melba había sido el alias de Juliana. "Absolutamente nada. No sé si desapareció o la desaparecieron, pero no dejó señas. Nadie sabe nada". "O sabe y no quiere hablar". "Todo es posible".
Evocaron largamente aquella rebelión sin raíces y con muertes. A Ferreiro todavía le quedaba un rescoldo de optimismo, pero no era como para derrocharlo, no era un penacho para exhibir ni siquiera en la intimidad.
Así resumió su menguada pero sobreviviente confianza: "Hay que reconocer que, con nuestro miedo, al menos logramos que ellos también tuvieran miedo. Fue una excursión difícil y fracasada, pero algo quedó, no te parece?". A Fabián le parecía menos. Por lo pronto, había espacios vacíos que nadie se preocupaba de llenar. De la solidaridad de había pasado a la indiferencia, con una breve escala en la compasión. Para Ferreiro, esos espacios vacíos debían llenarse con demandas de justicia, con educación universal, con defensa de soberanía, pero sin armas, sólo con pueblo en la calle. "Fijate cómo quitaron en Brasil al corrupto de Collor de Mello; sin disparar un tiro, solo con multitudes en la calle. Mirá en Indonesia: después dde tanta guerra, fueron los estudiantes en la calle los que desalojaron a Suharto. Y no te olvides de Chiapas, con esa guerrilla indígena, insólita guerrilla de paz, que sólo quiere que no la dejen fuera de la Constitución. A mí me parece que la historia de México se va a dividir en dos épocas: antes de Chiapas y después de Chiapas. Hay que aprender, Medardo, no tanto de los gobiernos, que enseñan poco y mal, sino de la gente, que en última instancia sabe lo que quiere".
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No fueron dos semanas sino tres las que Fabián debió permanecer en Montevideo, por problemas familiares más que laborales. Su madre, viuda desde 1985, no entendía por qué no se quedaba con ella. "Si todavía confiás en que Juliana reaparezca, te vas a anquilosar en esa espera. A los treinta años, tenés toda la vida por delante, pero no te va a ayudar que te entierres en un pueblo sin futuro como San Jorge". "Allá trabajo más tranquilo". "Trabajo? Articulitos, sólo eso. Cuándo vas a escribir aquella novela que planeaste tan cuidadosamente cuando aún vivía tu padre? El estaba muy ilusionado con tu futuro de escritor. Un futuro que se quedó en el pasado. En vez de novelista, simple gacetillero. Y no le echo la culpa a Juliana, la pobre, vaya a saber cómo terminó, sino a la política. Fue la política la que pudrió el futuro. Estudiabas agronomía. Y ahora qué?". "Está bien, Lucía (nunca le había dicho mamá). Trataré de enmendarme". "Dónde? En San Jorge?".
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12
A San Jorge, y por supuesto a la pensión Brescia, volvió dos días después de la ríspida charla con su madre. La dueña lo recibió como a un hijo pródigo. Y él armó de nuevo su refugio provisional con apariencia de definitivo. Libros, papeles, esta vez se trajo además su computadora portátil. O sea que estaba completo. Pensó que no sería tan desatinada la idea de su madre de que retomara su antiguo proyecto de novela. Después de todo era una historia de fantasmas, que hoy estaban de moda. Sin sábanas, pero fantasmas, que no sólo se esfumaban sino que además se duchaban, corrían, fornicaban, lloraban y reían. Algo así como una humanidad clónica. Es claro que todo eso lo había pensado varios lustros antes de la oveja Dolly. Tenía que ajustar los detalles y la peripecia. Eso después. Ahora debía ocuparse del artículo de rigor. Había que aprovechar que el nuevo jefe era Ferreiro-Vélez, de modo que se despachó a gusto contra el Mercosur y su negativa influencia sobre la cultura de la zona. Almorzó en la fonda del napolitano (ñoquis, claro), volvió a la pensión para una siesta breve, y a media tarde, tras una ducha reparadora, fue a llamar al 12-A, sin imaginar lo que le esperaba.
La puerta no la abrió Carmela sino Juliana. Casi no pudo apreciar cómo lucía, ya que ella lo abrazó con ansia, llorando, casi gimiendo de alegría?. Sólo cuando pudo apartarla y darle un pañuelo para ampararla en su llanto, sólo entonces pudo verificar que la Juliana de ahora no era la de siempre. Más delgada, más pálida, menos vital, con manos más afiladas y una tristeza que contaminaba todo el conjunto. Se ubicaron en el patio, frente a la enredadera invasora. Fabián lo asumió como una escena repetida. Aparentemente en la casa no había nadie más.
Se atrevió a preguntar: "Y Carmela?" "Carmela se fue", dijo Juliana, ya más tranquila. "Sé que con ella hiciste buenas migas. Te dejó recuerdos". "Ah. Pero, a dónde se fue?" "No quiso decírmelo. Sólo que estaba cansada de tantos años en San Jorge, y que, ya que yo había regresado y podía ocuparme del tío y de mi hermano Arnoldo, ella también reclamaba su derecho a desaparecer. Qué podía objetarle yo, después de mi larga ausencia?. Así como te lo trasmito, suena como un desquite, pero ella lo dijo sonriendo, acariciándome la cara, como si se quisiera convencer de que su hermana volvía a existir. Es tan buena Carmela, no te parece?". "Sí que lo es", dijo Fabián.
Fueron a la cocina y Juliana encendió la cafetera. Otra escena repetida, Desde atrás, él evocó otro momento semejante y muy cercano, pero esta vez no tuvo el impulso de abrazar. Tomaron el café y Fabián dijo: "Bueno, ahora que te serenaste, contame cómo fue todo, qué pasó, por qué desapareciste". "No, Fabián, no voy a contar nada. Ni a vos ni a nadie. Tampoco voy a inquirir qué sucedió en tu vida durante este tiempo. No quiero saber si tuviste o tenés otra mujer. Creo que lo mejor para ambos es que no indaguemos en nuestros respectivos pasados, no los de antes, que los conocemos, sino los de ahora, que los ignoramos". "Pero, por qué ese misterio?. Qué te hicieron? Qué hiciste?" Ella le puso una mano sobre los labios, con la otra cubrió los suyos. "A veces es mejor vivir que revivir".
Sólo ahora advirtió Fabián que Juliana llevaba puesta la túnica de Carmela. Ela le tomó una mano y lo llevó al dormitorio que había sido de Carmela pero que antes había sido el suyo. "Calmate Fabianzuelo", dijo, y empezó a abrirle la camisa hasta quitársela , luego le desabrochó el cinturón, y entonces él decidió quitarse el short. Juliana abrió la túnica blanca de Carmela. Debajo estaba, sin otro impedimento, el cuerpo de Juliana.
Fabián la llevó al lecho y fue ella la que empezó el turno de caricias. Cuando él quiso imitarla y cuando sus manos se fueron deslizando por ese cuerpo que tanto había querido y aún quería, se encontraron de pronto con una profunda cicatriz en el vientre. Sintió que su erección desfallecía y se incorporó a medias. "Y esto qué es? Qué te hicieron?" "No preguntes, mi amor; todo es historia vieja, transcurrida, borrada. No preguntes, mi amor. Disfrutémonos. Como antes, como ahora. Por favor, disfrutémonos. Estamos juntos no? Entonces disfrutémonos, mi amor".
De nuevo se sumió Fabián en ese cuerpo castigado y de a poco fue recuperándose. Sin embargo, en medio del vaivén erótico e incluso del orgasmo a dos voces, Fabián tomó conciencia de que sentía nostalgia de una nueva ausencia, comprobó con angustia que añoraba (y que añoraría para siempre) aquel otro cuerpo, el de Carmela, por él inaugurado. No pudo evitar que en el instante supremo se le escapara ese nombre y que Juliana, que tan obstinadamente se había negado a hablar de su próximo pasado , tuviera de pronto un doloroso acceso al pasado reciente de aquel hombre que la estaba penetrando, como si su cuerpo, el de Melba-Juliana, fuera el cuerpo de otra. Nada menos que el de su hermana, que era solo Carmela sin nombre clandestino.
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Mario Benedetti
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VIVIR ES EL ARTE DE ATRAVESAR ESPERANZAS. -R.M.J.