miércoles, 9 de marzo de 2011

Réquiem para un “tira”, el comandante moneda

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La noche que mataron al comandante Víctor Hugo Moneda sus amigos recordaron lo que siempre les decía: “Yo me voy a morir de un balazo y será por la espalda, porque de frente no me dejo”.
Fue en un Vips, a fines de 2002, cuando este reportero lo conoció. El comandante llegó con una camisa de cuello ancho, pantalón acampanado y unas botas negras. Se parecía a Tony Montana, el personaje que Al Pacino ya había sacralizado.

Tiempo después, cuando su hijo compró un action figures de Scarface, a Moneda le sacaba de quicio: decía que aquel muñeco representaba a los malandrines y él era “un tira”.
Moneda era un hombre delgado, de piel morena, más bajo que alto y con unas cuantas arrugas algo profundas para la edad que tenía entonces (45 años). En la mesa que escogió para conversar se mostraba algo inquieto, parecía estar en otro lado.

Pero su actitud no obedecía a una decisión arbitraria, sino a una necesidad: en los más de 20 años que llevaba como policía judicial se había topado con reporteros corruptos, de esos a los que en las oficinas de gobierno deberían siempre esculcarles los bolsillos.
No sé cómo entramos al tren de confesiones. Quizá sufrir el mismo problema del colon suavizó la desconfianza del comandante. Quién sabe si fue por compartir la fascinación por las películas de El Padrino. Sabrá Dios si en algo tuvo qué ver el mutuo desprecio por la salsa, las cumbias y los corridos, a cambio del deleite por Pink Floyd, Led
Zepellin y The Doors. O si ayudó la coincidencia de crecer en barrios donde la muerte, aún hoy, es incansable. Él venía de una novela negra llamada Tepito.

El comandante, entonces, dijo que no asistía a antros ni le gustaba la vida mundana. No bebía desde que encontró ayuda en Alcohólicos Anónimos.
No había terminado el bachillerato y le importaba poco regresar al CCH Vallejo. No soportaba la incompetencia y la hipocresía. No le gustaba el celular y hasta decía que no sabía cómo usarlo. No vestía su ropa nueva hasta que primero se acabara la vieja. No permitía que se metieran en su vida. No despilfarraba su plata en restaurantes con vino tinto; prefería las fondas insalubres. No leía novelas, salvo las que le regalaran. No toleraba a las prostitutas ni
a los gays; con el tiempo sólo se reconcilió con los homosexuales.

No buscaba dinero, sino gloria. No fumaba, pero tampoco le molestaba que alguien lo hiciera frente a él. No hacía concesiones. Jamás faltaba a la iglesia de San Judas Tadeo. Y en su trabajo nunca hablaba más de la cuenta; decía que en la calle siempre se iba la vida y había que cuidar las palabras.
Sí, en cambio, había tenido que matar para defenderse. Era un redomado cabrón. Exudaba un carisma de hombre común, bondadoso, pero también fuerte y decidido. Se sentía seguro en el barrio donde vivía, la Peralvillo.

Admiraba a Samuel del Villar, por su determinación de reestructurar a la policía judicial. Le simpatizaba Andrés Manuel López Obrador, mas con el tiempo le pareció mejor persona Alejandro Encinas. Creía en la vida después
de la muerte. Se autollamaba “tira”. Regalaba estrafalarias navajas a sus amigos. Y eso sí: con la misma facilidad que disparaba, jugaba ajedrez y dominó; no hubo quién le ganara. Si las partidas terminaban cerradas sólo era por la caballerosidad del comandante, no por la astucia del rival.
Aquel día tuvo que irse porque debía solucionar un asunto en Tepito. No traía auto y había un
tránsito de locos. Decidió correr hacia el Eje Central. Se fue como un ventarrón.
Quienes le dispararon, suponen en la procuraduría, primero le tiraron a las piernas. Las otras balas dieron en la espalda. No le perdonaron el tiro de gracia.

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Moneda, con una Coca de lata en la mano, se la pasó hablando de la historia que había podido investigar
entre los escombros de Jesús Carranza, Tenochtitlán, Aztecas, Panaderos, Hojalateros y el Eje 1 Norte.
Resulta que las matazones que se habían desatado en Tepito no eran ajustes de cuentas entre narcos, como decían algunos funcionarios y que la prensa reproducía con la impunidad de siempre.

La historia era más surrealista: Dos bandas de sicarios se disputaban el amor de una mujer a la que apodaban La Santa Muerte, por traer tatuada en la espalda a esa calavera de culto. Las locuras de Hugo Bocinas, Beto Pelotas y
El Tanque tenían su raíz en las pasiones.
Ese día y los que vinieron, Moneda abrió los retratos hablados del puñado de malandrines que había atrapado. Con quien se tomó más tiempo fue con Alfredo Ríos Galeana, el famoso asaltabancos que en un acto muy hollywoodense se escapó de la prisión; pasaron casi 20 años para que lo encontraran en un condado californiano, profesando la
palabra de Dios.
-“Fue el ladrón más brillante que he conocido —dijo el comandante con el tono de quien contaba siempre la misma historia—. Los demás son unos pobres pendejos que quieren jugarle al diablo”.
El diablo, por esos días, estaba suelto: los videoescándalos y un asesino de ancianos —que la creatividad periodística llamó Mataviejitas— tenían a Moneda sin dormir. Como ya había probado su efectividad, el entonces procurador Bernardo Bátiz confió en el buen juicio de Renato Sales, el subprocurador, para que Moneda encabezara las
investigaciones en ambos casos.

Moneda, entonces, dividió su tiempo y a su equipo (El Wallace, Valle, Diego y otros temerarios). Y lo mismo los tiras fueron a teotihuacan para arrestar a la primera asesina de ancianos (Araceli Vázquez), que al sur de la ciudad en busca de Carlos Ahumada. Se metieron al Metro a perseguir a Mario Tablas, otro de los matones de abuelos
solitarios, y luego a callejuelas de Tepoztlán para dar con Gustavo Ponce, el ex secretario de Finanzas del gobierno del Distrito Federal que estaba involucrado con Ahumada.

Donde siempre estuvo presente el comandante fue en la detención de René Bejarano. “Si a este le pasa algo nos lleva la chingada”, dijo antes de treparse a una camioneta rumbo al Reclusorio Sur.
La falta de ascensos, premios o aumento de salario para él y su gente contrastaba con el éxito profesional. Él era, como ha escrito Jaime Avilés, el detective Belascoarán Shyne, el personaje que inventó Paco Ignacio Taibo II.

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En 2006, Moneda y su equipo lograron arrestar al tercer asesino de ancianos: Juana Barraza, una luchadora profesional frustrada que mataba en nombre de la Santa Muerte. En cualquier otro país donde se pondera la
justicia, Moneda hubiese asegurado el puesto con el cambio de gobierno. Pero él sabía que con la
llegada de Marcelo Ebrard y, por ende, un nuevo procurador, habría cambios.
Y así fue. Rodolfo Félix Cárdenas —un penalista cercano a Ahumada y al PAN de Diego Fernández de
Cevallos—, echó a patadas al comandante.
Lo peor, decía Moneda en esos días que decidió volver a terminar el CCH, era que se había dejado caer el sistema empírico y autodidacta que él había 12 llevado a la judicial para investigar seriamente.
Basta un ejemplo: En agosto de 2007, un tipo llamado José Luis Calva Zepeda fue arrestado en la colonia Guerrero.

En el refrigerador tenía a su novia Alejandra, destazada. Gustavo Salas, entonces fiscal de homicidios, salió a la prensa porque le gustaba la espectacularidad. Con la mano en la cintura aseguró que José Luis se estaba comiendo poco a poco a la chica. Era un caníbal.
Los medios, sobre todo El Universal y Reforma, arrojaron al pobre hombre a los tiburones. Le llamaron El Caníbal de la Guerrero o El Poeta Caníbal, todo porque José Luis había publicado un folleto con sus necedades. Toda la información la dio Salas.
En ese tiempo este reportero acudió con el fiscal a su oficina. Recordaba que Salas había estado involucrado en el famoso caso de la finca El Encanto, donde el ex fiscal Pablo Chapa Bezanilla quiso vender la extravagante historia de que, a través de una bruja de barriada, María Zetina La Paca, se había dado con los restos de Manuel Muñoz Rocha,
supuestamente autor intelectual del asesinato de José Francisco Ruiz Massieu.

Salas habló con una elocuencia que hacía creer en la inocencia de La Paca y en la culpabilidad de Calva. “Mis agentes están investigando, búscalos, ellos saben más”, dijo el entonces fiscal.
Uno de esos policías estaba en una oficina de la delegación Cuauhtémoc, en medio de un montón de papeles inútiles como la propia dependencia.

Era Moneda. Ahí lo habían arrumbado para perseguir a borrachos de cantina, padrotes y raterillos de baja monta.
-“No pierdas el tiempo —dijo en cuanto hablamos de Calva—. Este cabrón es un pinche naco asesino, pero nomás”.
Moneda ya sabía que José Luis, después de descuartizar a su novia sin pudor alguno, había comido una sopa Maruchan de camarón y cereal. Se bebió seis cervezas y esnifó dos rayas de cocaína. Luego, cortó unos 20 entímetros de lo que fue el antebrazo de Alejandra y lo guisó. Le echó salsa Valentina y limón. Cuando se lo llevó a la boca, no pudo tragárselo y lo tiró. Ésa era la historia que había regodeado a los medios y al fiscal.
Un día después volví a ver a Salas. Le dije lo que me habían contado sus propios agentes. “Ya sabes cómo es de amarillista la pinche prensa”, se excusó.

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Con los muertos del News Divine llegaron dos noticias: Félix Cárdenas y sus colaboradores habían sido despedidos y a la procuraduría llegaba Miguel Ángel Mancera. Moneda fue incluido en el equipo.
Por eso el comandante apareció a fines de octubre en el Sanborns de Buenavista, para desarmar y convencer a Enrique Mejía Bello que eso de tener rehenes sólo era para las películas de Al Pacino.
Enrique, que sin saber se envalentonó con una pistola de juguete, se puso en las manos de Dios y de Moneda.
Por eso su equipo volvía a la calles para investigar a los peores capos de Tepito, el barrio que quería con la misma intensidad que le dolía.
Hasta que la muerte le llegó por la espalda, sorprendido por unos sicarios a las puertas de su domicilio, en la Peralvillo.
Después, por la fotografía que su hijo recargó en el féretro, me daría cuenta que hasta el final de sus días el comandante Moneda no había dejado de vestir como Tony Montana. Era su estilo.
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Alejandro Almazán
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VIVIR ES EL ARTE DE ATRAVESAR ESPERANZAS. -R.M.J.