miércoles, 9 de marzo de 2011

El cuerno de chivo y el chanate

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Famoso cuerno de chivo
A cuántos no matarás
Es el arma preferida
Por todos en Culiacán
Si aquí no nos encontramos
Nos vemos en Mazatlán
Los Dareyes de la Sierra
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Калашникова & Automatic Rifle. De todas las armas del vasto arsenal soviético no hay nada más rentable y letal que el Kalashnikov, modelo 1947. Es el fusil de asalto que goza de la mayor popularidad en el mundo y el que idolatran todos los hombres que se precien de tener sangre fría. En México se le bautizó como cuerno de chivo por la apariencia que le da su cargador de 30 tiros. Pesa cuatro kilos y está hecho de acero forjado y madera consistente. No se rompe, no se encasquilla ni se calienta. Disparará aunque se cubra de lodo y partirá en dos a cualquier ser humano. Es tan fácil de manejar que justo en este momento algunos niños estarán jalando el gatillo. Los soviéticos grabaron el AK-47 en una moneda, Mozambique y los islamistas de Hezbollah lo adoptaron en su bandera, Zimbabwe lo sumó a su escudo, Salvador Allende lo empuñó para reventarse los sesos, PlayStation lo ha incorporado en ciertos videojuegos, y el basquetbolista Andrei Kirilenko, mejor conocido como AK entre sus compañeros de los Jazz de Utah, utiliza el número 47 en su playera; a la hora de encestar es igual de preciso que el cuerno.
Uno de esos Kalashnikov llegó a Culiacán, hirió a 58 personas y mató a 66 en sólo seis meses. Lo ha dicho el director de Servicios Periciales de la Procuraduría de Sinaloa, Gerardo Moreno Castañeda. Y lo ha dicho el propio procurador, Alfredo Higuera Bernal, que en 2009 sacó los expedientes de 25 ataques en los que participó el cuerno, aunque Ismael Bojórquez, director del influyente semanario Ríodoce, tiene la certeza de que fueron 27 matanzas. Los estudios de balística que realizó la procuraduría han deducido que el dueño de ese tremendo AK-47 que ensangrentaba destinos era Horacio Beltrán León, un sicario que los Beltrán Leyva reclutaron en el infierno y hoy está donde Cristo perdió los clavos.

Pero a Horacio y a ese cuerno al que le grabó una calavera en la culata de nogal casi siempre los acompañó un AR-15, el fusil que fabrica la Colt, el hermano mayor del M16 y cuyo bautismo de fuego tuvo lugar en la guerra de Vietnam. El ingeniero Eugene Stoner lo ideó en 1957 cuando el ejército de los Estados Unidos estaba urgido de un arma con la capacidad de matar a la velocidad de un trueno. Y lo hace: el AR-15 atraviesa los tres centímetros de piel y músculo a mil 343 kilómetros por segundo. Hay quienes emperifollan la punta del rifle con bayonetas y lanza granadas. En Sinaloa le llaman chanate por negro y por tener ese aire de los zopilotes ante el cual es imposible no doblegarse.

Chanate. Así le decía el que la procuraduría sinaloense ubica como su amo: Gonzalo Araujo Zazueta, un joven de 20 años que aun cuando era como un niño podía morderle a uno las entrañas. Los marinos le dieron tres tiros aquella noche cuando lo mataron junto a su jefe Arturo Beltrán Leyva.
Esta historia, pues, trata de un cuerno y un chanate que dejaron corazones latiendo sobre las piedras.
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Infonavit Humaya. La primera pista que tuvo la procuraduría sobre el cuerno y el chanate surgió el 18 de septiembre de 2006. Pasadas las tres de la mañana, Eme Jota se trepó a la camioneta de la agencia de Homicidios Dolosos del Ministerio Público y por su experiencia de perito supo que vería el amanecer en el fraccionamiento Infonavit Humaya. Habían cosido a balazos a un taxista.

Eme Jota regresó a su oficina, allá por la salida a Navolato, con la suficiente información para saber lo que había ocurrido. Resulta que Martín Lizárraga fue a entregarle la cuenta a su patrón cuando empezaron a perseguirlo unos sicarios en un camionetón bárbaro, de esos que se ven mucho por acá. Los 105 caballos de fuerza del Tsuru de Martín no pudieron con aquella Lobo salvaje y lo cercaron en una callejuela que conducía a la nada. Los matones sacaron los cuernos y el chanate, y en menos de diez segundos los disparos tomaron el control. Por lo menos tiraron 80 balazos. Todavía uno de los pistoleros se bajó porque no iba a perdonarle a Martín el tiro de gracia. Seguro no lo necesitaba. Con los otros 15 que recibió, Martín ya había muerto.
Eme Jota escribiría que Martín tenía 37 años, que vivía en Los Laureles y que, al parecer, no andaba en buenos pasos. Un año después, el 17 de septiembre de 2007 para ser exactos, el asesinato del taxista volvió a darle vueltas a Eme Jota, cuando dos jóvenes fueron ejecutados en Las Quintas.

Las Quintas. Aquel medio día del 17 de septiembre, Eme Jota apenas llegaba a casa cuando escuchó la noticia por la radio: “Carraquearon a dos y están bien plebes”. Como ese día había otros muertos rumbo a Costa Rica, a Eme Jota le pidieron ayuda. Nomás saludó a su familia y se regresó por el mismo bulevar que lo llevaría sin contratiempos a Las Quintas.
Eme Jota no hizo mucho. Si acaso contó los cascajos de los cuernos de chivo y tomó las huellas digitales que había sobre el Altima plateado donde Hugo Arredondo Tizoc, de 17 años, y Dalton Iribe, de 19, habían sido asesinados. Del herido, el vigilante de una gasolinera que ganaba el salario mínimo, se encargó la Cruz Roja.

Horas más tarde, Eme Jota leyó el informe completo y se enteró que el doble asesinato había ocurrido a la una de la tarde con 15 minutos, que Hugo intentó bajarse del auto pero las piernas no le alcanzaron, que a Dalton lo habían rematado dos de los pistoleros que viajaban en una camioneta negra sin placas, y que los vecinos rumoraban que los jóvenes rafagueados tenían que ver con el robo de un cargamento. Pero lo que más le llamó la atención a Eme Jota y a sus compañeros de periciales fueron los estudios comparativos de los casquillos.
Eme Jota recuerda que en el MP todos hablaban que las pruebas de percusión, extracción, obturación y expulsión habían arrojado que con el taxista y con las muertes de Las Quintas había tableteado el mismo cuerno chivo.

“Luis Cárdenas (el entonces procurador) llegó a decirle a unos fiscales que los peritos estábamos locos, que nos sentíamos personajes de la serie CSI”, me dice Eme Jota con su voz como de bocina Ratson.
—¿Y luego? —le pregunto.
—En periciales se siguió investigando y en la matanza de El Pozo, el viernes santo de 2008, ya no hubo dudas: alguien traía ese cuerno de chivo y no se le cansaba el dedo.

El Pozo. Eme Jota estaba de descanso el 21 de marzo de 2008. Por eso no le tocó la matanza de El Pozo, una ranchería camino a Imala donde la vida es dura, pero Dios se ha compadecido con algunos de sus habitantes para darles el don de traficar.
De aquella estela de muerte, Eme Jota sólo alcanzó a leer algo en el diario Noroeste. Supo que un comando de pistoleros con el plomo derretido entre las venas había tirado a matar durante casi media hora como si intentara entregar almas de propina. Se enteró que buscaban a un narcomenudista, o puchador como le llaman por acá, y, como no lo encontraron, se les ocurrió tomar un atajo para hallarlo: levantaron a tres hombres, los llevaron a un baldío, los torturaron, ellos cantaron y a quemarropa les dispararon. Con las pistas, los sicarios irrumpieron en una fiesta familiar. La gente huyó como se huye de una peste, algunos se defendieron con las nueve milímetros, pero los matones impusieron su ley a punta de cuernos y chanates. Hirieron a niño de tres años y acabaron con Sergio Leyva, de 25 años, cuando corría hacia su 4x4 roja. Si el infierno existe, El Pozo fue una de sus estaciones.

Al día siguiente, el sábado de gloria, Eme Jota sabría que los muertos eran Jesús Zazueta, Raúl Beltrán Tizoc y Luis Jiménez, que tenían algunos vínculos con los chicos asesinados en Las Quintas, y que sus compañeros peritos habían recogido más de 500 cascajos, todos de cuernos de chivo y AR-15.
“En El Pozo aparecieron otra vez juntos el cuerno y el chanate”, me dice Eme Jota como si hubiera ensayado la frase. “Dos días después, el domingo de resurrección en Las Cucas, al chanate le dieron descanso”.

Las Cucas. Los Vargas y sus amigos le rezaron a Malverde porque en los momentos que lo necesitaban nunca les había fallado. Pero los sicarios hicieron a un lado a las mujeres y los niños, y los Vargas seguramente supieron a qué atenerse frente a esos matones tan llenos de presagios. Les dispararon y los Vargas se estremecieron como muñecos de alambre. Uno intentó escapar. Tres, cuatro metros adelante, lo carraquearon. Los otros quedaron tendidos debajo del árbol de algodón donde jugaban baraja. El resto fue olor a pólvora, a carne quemada, y muchas lágrimas.

Eme Jota no fue a esa masacre del 23 de marzo de 2008, pero supo que los muertos habían sido seis, que dos de ellos apenas tenían 16 años y que cada uno había recibido al menos veinte balazos. Los informes de laboratorio comprobaron que en Las Cucas había sido usado, otra vez, el cuerno de chivo que fue disparado en El Pozo.

“Ese cuerno aparecía en todos lados como si fuera una maldición”, balbucea Eme Jota como si quisiera que nadie escuchara que era el mismo que utilizaron para matar al taxista y a los jóvenes de Las Quintas.
“Eso apenas fue el principio”, me diría luego Ismael Bojórquez que en 2009 escribió en Ríodoce sobre el cuerno y el chanate. “Luego vino la matadera de Las Vegas”.

Las Vegas. El cuerno y el chanate volvieron a reunirse la media noche del 26 de mayo de 2008. Esa vez, Eme Jota no terminó de resolver un sudoku porque servicios periciales fue requerido en la colonia Las Vegas, un barrio que los pistoleros aprecian por sus callejuelas que parecen haber sido hechas por manos titubeantes. Precisamente esos laberintos ayudaron a los sicarios a emboscar a los agentes federales que los perseguían desde la Rosario Usárraga, donde los pistoleros habían matado a dos criminales notorios que no entendieron lo que dicen Los Tigres del Norte: el contrabando y la traición son cosas incompartidas.

A eso fue Eme Jota a Las Vegas: a contarle los balazos a los siete federales asesinados (otros cinco fueron heridos) y a un sicario del que no se supo nunca su nombre y cuyos pómulos le brotaban como si trajera dos piedras. Eme Jota ya no recuerda cuántos casquillos fueron contabilizados, pero no se le olvida que fueron más de cinco horas de balazos y que se decomisaron las armas suficientes para haber seguido el enfrentamiento todo un día entero y comprobar que el arsenal de los narcos no tiene fondo.

Cuando los peritos examinaron los cientos de cascajos percutidos se dieron cuenta que algunos había sido quemados con la misma arma con que se había asesinado al taxista, a los dos jóvenes en Las Quintas, y que había participado en las matanzas de El Pozo y de Las Cucas. Era el mismo cuerno. Más tarde, cuando los casquillos de AR-15 llegaron al laboratorio, se supo que el chanate también había soltado su fuego.

“Para entonces los rumores eran ya muy fuertes”, me dice un funcionario de la procuraduría sinaloense. “La gente del Chapo Guzmán y del Mayo Zambada contaban que esas armas las traía gente de los Beltrán Leyva, pero como esos grupos estaban en guerra nadie quiso comprarles las habladas”.
—¿Y qué hicieron en la procuraduría con esa información?
—Nada. Sólo quedó esperar más muertos con el cuerno y el chanate.
Y eso ocurrió veinte días después, el 17 de junio, en Las Arboledas.

Las Arboledas. Parafraseando a Juan Villoro, los más temibles son los que insinúan un diminutivo que en los hechos refutan con fiereza. Así era Ricardo Baltrán Villa, Ricardito, un policía que traía fama de ser una serpiente en pantalones desde su natal Badiraguato, pero que lo habían asignado años atrás a los sobrevuelos que suelen realizar en helicóptero agentes de la procuraduría sinaloense.

El 17 de junio de 2008, Ricardito salió de su casa, se trepó a su camioneta Nissan y, apenas frenó en el semáforo de la avenida Obregón, unos sicarios con percheras y cuernos de chivo bajaron de una Liberty para destrozarlo a tiros. Una bala perdida alcanzó a reventarle la pierna a un joven que esperaba el camión en la esquina. Los pistoleros aceleraron como demonio y, allá por la Isla Musala, el tránsito Demetrio Verdugo empezó a seguirlos en su patrulla. Los alcanzó en la calle de Chihuahua, colonia Las Quintas. Demetrio estaba por abrir la portezuela de la patrulla cuando uno de los matones bajó como un rayo de la Liberty, empuñó el cuerno y acabó de cien tiros con lo que restaba de un hombre fuerte, un tránsito al que le faltaban días para jubilarse. Huyeron a la Guadalupe Victoria y se los tragó la tierra.
“De los dos homicidios recogimos 200 casquillos de cuerno de chivo”, me dice Eme Jota. “Uno de los cuernos que mató a Ricardito era el mismo de las otras matanzas”.
Una semana después, ese cuerno y el chanate volverían a reencontrarse en El Pozo para hacer de las suyas.

El Pozo, parte dos. Sonó el teléfono y Eme Jota supo que ya habían matado a alguien. “¿Hay un 41?”, preguntó. “Sí, pero son cuatro”. “¿Cuatro?”. “Simón”. “¿Y en dónde?”. “En El Pozo”. ¿Otra vez?”. “Simón”. “Pinchi rancho está maldito”, pensó Eme Jota y fue para allá.
Aunque era de noche, ese 25 de junio hacía un calor que no tenía madre. Eme Jota lo recuerda porque cuando examinaba los cuatro cadáveres el sudor le caía a chorros. Al viejo Martín Félix lo mataron en la recámara. A Pedro Millán y su sobrino Edgar los asesinaron en un garage. A José, un chico de 14 años, lo dejaron tendido en la calle. Y al último lo aventaron a un vado. Ya luego los sicarios quemaron una casa, rafaguearon las que se les antojaron y explotaron una camioneta desmedrada.

“El pueblo era un camposanto”, recuerda el funcionario de la procuraduría y pone énfasis en las palabras adecuadas. “Esa vez la gente decía que los matones habían sido los Charritos”.
El funcionario se refiere al grupo armado que encabezaba Rubén Beltrán León, el Charrito, un pistolero con reflejos de pantera que se fugó del penal de Culiacán, pero como la suerte no dura toda la vida volvieron a arrestarlo y hoy está preso en el penal de Puente Grande. Los Charritos, hasta donde se sabe, obedecían las órdenes de Gonzalo Araujo Payán, el jefe de sicarios del cártel de Sinaloa que en octubre de 2006 se voló la cabeza él mismo, según porque tenía deudas con el Chapo, según porque tenía una enfermedad incurable.
“Los Charritos, como el cuerno y el chanate, no tenían reposo, chapoteaban entre las vísceras”, me dice el funcionario. “La guerra de los Beltrán contra el Chapo y el Mayo fue gasolina para esos batos. Fue por eso que ocurrió lo del taller mecánico”.

Mega 2000. Ismael Bojórquez escribió en Ríodoce: “El 10 de julio Culiacán vivió una de las jornadas más sangrientas de 2008. Y si no, con toda seguridad fue la más injusta”.
Todo ocurrió en ocho minutos, después de las 11 de la mañana. Unos 70 pistoleros llegaron a Mega 2000, un taller mecánico en la colonia Ejidal que, supuestamente, era propiedad de un sicario que trabajaba para el Chapo y el Mayo Zambada, y hacía trabajos de carrocería y pintura a las policías estatal y federal. Los gatilleros entraron como saben hacerlo: disparando sin preguntar. Ahí mataron a seis, entre ellos un joven que trabajaba en el taller. Afuera tendieron a tres, dos de ellos, padre e hijo, catedráticos de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Ahora se sabe que la mayoría eran clientes, eran inocentes.

Los sicarios se treparon a los diez vehículos que los transportaban y se llevaron a la muerte al bulevar Zapata cuando se toparon a agentes de la ministerial. Mataron a dos e hirieron a tres.
Eme Jota recuerda la numeraria: 288 balas disparadas; 246 de cuerno, y 42 de chanate.
“Cuando se analizaron los cascajos se supo que algunos pertenecían al cuerno y al chante de las otras matanzas”, me dice Eme Jota con el tono de quien interpreta el delito como una forma de la tradición. “Me acuerdo que le platiqué a un camarada y me dijo: ‘Esto no se va a acabar’”.
Los pronósticos de ese camarada fallaron.

Agosto 2, 2008. Aquel sábado por la tarde Culiacán estaba inusitadamente lluvioso. No daban ganas de salir a ninguna parte. Pero Horacio Beltrán León, su hermano Francisco Javier, y Alfonso Reyes Ochoa eran de esos hombres que personalmente se afanaban por reparar lo que ellos creían una injusticia y tomaron camino a Los Alamitos. Con otros compañeros de malandrinadas, fueron a matar a Ernesto Segura porque el tipo les debía dinero.
Cuando mandaron a Ernesto a que se oxidara en el infierno, los sicarios se subieron a los dos Jeep Cherokee y huyeron hacia la colonia 6 de Enero. El problema fue que ahí se toparon con los agentes estatales y cada bando sacó sus armas. Unos pistoleros pudieron sortear el cerco y se largaron levantando polvo. Los otros, sin embargo, tuvieron que atrincherarse y fue ahí cuando una mujer que estaba en el lugar equivocado resultó herida. Francisco Javier y Alfonso echaron a correr como gatos en desgracia, pero las balas les despedazaron los pies y quedaron ensangrentados debajo de un puente peatonal. Ahí los arrestaron. (Días después, cuando llegaron al penal de Culiacán, unos reos los asesinarían en la enfermería).
Horacio, un secuestrador que prefirió volverse gatillero de los Beltrán Leyva, pagó todas sus deudas ahí mismo.

Bajó del Jeep con el brazo casi desprendido y avanzó a un lote baldío. Para entonces había llegado un convoy de militares que siguieron a un Horacio que iba desangrándose. Pidió agua y ayuda con todas las palabras de ruego que aprendió. Los soldados lo vieron hasta que se murió y luego se miraron entre ellos como quien se quita un peso de encima. Los vecinos dicen que Horacio agonizó unos cuarenta minutos.

En el Cherokee, la procuraduría encontraría cuatro cuernos de chivo y un centenar de balas. Había uno, con una calavera grabada en la culata. Era el rifle de Horacio.
“Y ese mero era el cuerno que andábamos buscando”, me dice Eme Jota. “Era el cuerno de tanta matazón”.
—¿Y el chanate? —le pregunto.
—Ese siguió matando hasta el 16 de diciembre de 2009.
—¿Qué pasó ese día?
—¿Cómo qué pasó? Mataron a Arturo Beltrán Leyva.

Diciembre 16, 2009. Los marinos llegaron al segundo piso, Torre 2, del condominio Altitud en Cuernavaca, Morelos. Seguramente Arturo Beltrán Leyva comprendió la idea vaga de la muerte y le telefoneó a Edgar Villarreal, la Barbie. “Entrégate”, le dijo la Barbie. Arturo, el hombre de la barba cerrada, el de las botas blancas, no le convenció la idea de verse esposado. Aventó un par de granadas y mantuvo la esperanza de que sus cuatro escoltas lo sacaran vivo de la historia.
Uno de esos sicarios era Gonzalo Octavio Araujo Zazueta, hijo del Chalo Araujo. El parte médico dice que Gonzalito recibió tres impactos de bala en abdomen, cráneo y tórax. La caída libre de dos pisos sólo lo acercó a la tierra a donde iban a enterrarlo.
Según Eme Jota y el funcionario de la procuraduría, ese día el chanate que había azotado a Culiacán fue decomisado por la Marina. La carrera del AR-15 había terminado en una ciudad que no era la suya.

Epílogo. Eme Jota habla de armas como Sofía Coppola podría hablar de cine. Dice: “El chanate es el arma preferida de los soldados gringos, los israelitas y los mexicanos, pero no saben que sirve más para la cacería. El cuerno, en cambio, se ha convertido en el primer producto de exportación de los rusos. Por ái leí que le siguen el vodka, el caviar y los novelistas suicidas. El aká y el erre son rivales por naturaleza”.
Puede que Eme Jota tenga razón, pero una cosa sí es segura: en Culiacán, un cuerno y un chanate fueron compañeros de batallas.
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Alejandro Almazán
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VIVIR ES EL ARTE DE ATRAVESAR ESPERANZAS. -R.M.J.