viernes, 2 de marzo de 2007

Mujer


El día se anunciaba, y los tres amigos, con el entusiasmo en el cuerpo y las armas al hombro, salieron al campo a cazar.
Atravesaron el pasaje de la jornada entre risas, tiros y alguna liebre abatida. Mas, cuando la tarde fenecía y la fatiga les dio la orden del regreso, el cielo abrió sus compuertas y comenzó a llover. En un tris, la tierra se vio fuertemente sacudida por una tormenta de agua y viento.
A los cazadores, la densa cortina líquida les impedía ver el camino. El diluviar arreciaba y el viento los estremecía. Era com si la naturaleza los castigara por haber matado a sus criatura. Pronto se perdieron. Y pronto las piezas conseguidas volaron sin ruta fija, y minutos después las armas fueron a hacerles compañía.
Y llegó la noche llevándose la escasa claridad. Los tres iban a la deriva, ateridos, rotos por el agotamiento y el hambre; invadidos por una creciente ola de desasosiego. Ni una casa, ni un árbol; sólo lluvia y barro, barro y lluvia, y la oscuridad agazapada detrás de la oscuridad. No obstante, el instinto de conservación les exigía continuar y ellos marchaban cual autómatas, yendo de un lado a otro, mano con mano, empujados por la desesperación y el miedo; ora chapaleando en los charcos, ora cayendo de bruces en el lodo. Las gotas eran cada vez más gruesas, más pesadas, más demoledoras, y ellos allí, atrapados entre la noche y la tormenta; a merced de un incierto ambular. La lluvia insistía en su caída, y el viento silbaba su inquietante canción.
Al amanecer, con los huesos flaqueando y la voluntad hundida, divisaron un edificio anclado en medio de la nada. Aplastando barro y pajonales pusieron sus pasos rumbo a la salvación. Allí habría fuego, ropa seca y comida caliente. Al llegar descubrieron una mansión rodeada de altos muros. De la mansión no se desprendía ninguna señal de vida. Su soledad rezumaba abandono.
-Debemos entrar. Al menos allí podremos guarecernos.
El alto muro mostrábase intratable.
De pronto, tropezaron con una botella de cristal recostada contra la pared. Uno de ellos la recogió y vio que contenía humo azul. La destapó y el humo, al mezclarse con la atmósfera, devino en un genio. Un genio atlético, moreno y de ojos claros.
-Me habéis liberado -dijo-, y os compensaré haciendo realidad un deseo a cada uno.
-A mí -aceptó inmediatamente el primero-, dadme fuerzas para subir por este muro.
El genio le arrojó un puñado de humo azul, y al instante el hombre aunando esfuerzas escaló el muro y se dejó caer en el patio de la mansión.
-Como soy el más viejo y estoy reventado -pidió el segundo-, será mejor que me bajes el muro.
El genio soltó otro puñado de humo, y el muro se redujo a mitad de su altura. Entonces, y luego de una breve pero resbaladiza escalada, de un salto también cayó en el patio.
El genio miró al tercero y le preguntó:
-¿Y tú qué quieres?
-A mí hazme mujer.
En el acto lo hizo mujer, y la mujer entró por la puerta... Y de paso se llevó al genio para aligerar el peso del cansancio.


Ricardo Muñoz José.
Además, R.M.J. es autor del relato "La mano quie tapa la luz" (que aparece aquí mismo), y de "La huella de un perro sin dueño", "Regalo de Navidad", "Perico, un burro inteligente" y "El perro de Montargis", que hallarás en:

7 comentarios:

J.Carlos dijo...

Ricardo, me atrapó el desarollo del relato. Hasta me hiciste sentir en el pellejo de los infelices bajo a lluvia.
Ahora, el desenlace, me parece simplemente genial. Me gustó de verdad.
Felicitaciones.

Uno del Montón.

Helena dijo...

Una gran historia contada en muy poco tiempo, lo cual es doblemente meritorio.

Magnífica descripción de la tormenta, la noche y el desamparo de los tres personajes.

El final del relato muy ingenioso, para lo cual, inevitablemente, tuvo que participar una mujer. ;-)

Enhorabuena, Ricardo.

marcaliope dijo...

Vaya...¿el mundo mejor de las mujeres?, no...ella se llevo al genio.

Fuego Negro dijo...

vertigo...eso es lo que senti al leer...vertigo...
sobre el final,me quede pensando,me sorprendio...buenisimo,realmente me parece de esos relatos redondos

salud y mas que suerte
que loco,yo use esa imagen en algun texto...ah,eso de las sintonias

Carla dijo...

Ricardo, eres lo máximo. Se nota que tienes mucho oficio. Qué ritmo para conducir la narración. Vas llevando al lector bajo la lluvia y a los trompicones, hasta depositarlo a los pies de la inteligencia: es decir, ¡la mujer! La mujer que vio la puerta y no se puso en plan bestia escalando el muro encharcado.

¡Sí, señor,un gran relato!
Carla.

Alvaro dijo...

Ricardo, no esperaba menos de ti. Eres un maestro llevando el hilo narrativo, sin dar ninguna pista sobre el final.
Eso sí, se te fue la mano al otorgarle la inteligencia y la piedad a la mujer. Pues aparte de ser la única que entró por la puerta, se llevó con ella al genio. Me imagino que por piedad, no iba a dejarlo allí,mojándose. ¿Me equivoco?

Dos3cuatro.

Odi dijo...

Ricardo, como siempre, sensacional. Me esperaba algo así y no me has defraudado.
Tres infelices bajo la lluvia sin saber cual sería el final, y vaya final que le has dado.
Me hicite reír de verdad.
Muchos dirán que es un relato feminista. Pero, de haber sido al revés sería un relaro machista. Yo simplemente digo: un relato "made in" Ricardo.

Odi

VIVIR ES EL ARTE DE ATRAVESAR ESPERANZAS. -R.M.J.